Pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos.
Nicolás Maquiavelo
Dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, y aunque algunas veces las cosas que dicen parecen fantasiosas, estoy seguro de que son verdades propias de la realidad que viven. Los primeros con su inocencia libre de prejuicios alcanzan ver cosas que nuestros ojos están condicionados para negar o rechazar, mientras que los otros, producto de su delirio etílico acceden a recovecos ocultos que la mente racional da por falsos.
Como sea, siempre estoy atento a las cosas fuera de lo normal que, tanto niños como borrachos, dicen o aseguran como ciertas, de las cuales hablan naturalmente como si todos entendiéramos y experimentáramos su forma de ver el mundo.
🐶🐶🐶
Hace unos días estaba paseando mi mascota, y un niño que estaba sentado en la acera al frente de una de las casas de mi vecindad, se acercó y acariciando sin temor la cabeza del perro dijo:
–Que bonito perro. Es distinto a los de mi casa, los míos son un poco extraños.
–¿Qué tienen de extraño los perros de tu casa?, le pregunté sin prestarle mayor atención.
–Los de mi casa cambian de forma cuando quieren.
–¿Cómo es eso?, replique extrañado de su respuesta.
–Es que mi abuela nació perro y tuvo muchos perritos– me respondió naturalmente sin levantar su mirada y continuó acariciando a mi perro; luego se levantó y salió corriendo perdiéndose en alguna de las casas de la cuadra.
No le di mayor importancia al asunto, pensando que el niño había querido decir que en casa de su abuela había una perra que había tenido muchos perritos, y continué con mi paseo.
Una vecina que estaba escuchando se me acercó y me dijo: “Santo Cristo, ¿usted sabe de quién es ese niño?”
–No, nunca lo había visto. ¿Por qué? ¿quién es?, dije al tiempo que se encendía mi curiosidad.
–Ese es el nieto de la vecina huraña; la que dicen que practica brujería, y la verdad es que en esa casa siempre se escuchan ladridos y aullidos extraños, pero nunca se ha visto un perro por ahí.
La piel se me erizó, y recordé una historia de teriomorfos que solía contar mi padre.
Tu abuelo era “teretón”, y cuando quería conquistar a una mujer, inclinaba su sombrero y de inmediato se convertía en un animal; la seguía y espiaba para saber todo sobre ella, y finalmente la hipnotizaba y la hacía suya.
Ahora no puedo dejar de seguir con la mirada a la vecina, esperando ver en ella algún signo canino o, en el mejor de los casos, tener la suerte de verla convertirse en el perro que su nieto aseguró que era.
--Texto de mi autoría E.Rivera--
veac170322