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Solo en el apartamento

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Me acerco a la veintena y comparto piso con un compañero de la universidad. Las vacaciones de Navidad están a la vuelta de la esquina. Mi compañero las pasará viajando; él que puede.

Mis padres vendrán a visitarme y pasarán conmigo Noche Buena, después viajarán para pasar Fin de Año con mi hermano mayor, su mujer y sus tres hijos. Algunos compañeros de clase y yo hemos quedado para cenar antes de las vacaciones.

Al día siguiente llevo a mi compañero de residencia al aeropuerto con su auto. Es mi primera noche solo en el apartamento.

Tengo un sueño extraño. Llego a una casa desconocida, pero en el sueño, ya llevo tres años viviendo ahí. Tengo unos treinta años.

Es media tarde, después de un día muy agotador. Estoy muy cansado. Me siento en el sofá y enciendo la televisión esperando quedarme dormido viendo cualquier programa.

Hay uno que cuenta las desapariciones de niños en una época pasada. Se me cierran los ojos mientras el presentador relata el caso de una niña que, misteriosamente, había desaparecido en extrañas circunstancias.

Según sus padres, su hija, de unos seis años, había desaparecido dentro de su habitación. Decían que se había caído por un pequeño agujero, como el de una ratonera de dibujos animados, y que algunas noches oían risas infantiles en la solitaria habitación.

Pero lo que al principio creían que eran risas de niños, resultó ser risas de duendes, los mismos que comen cenizas y tienen los pies del revés.

Estoy a punto de quedarme dormido cuando un fuerte golpe me pone en alerta. El ruido, como de un martillazo, parece provenir de una de las habitaciones de arriba. Me levanto del sofá y agudizo el oído. Silencio. Debió ser un portazo de alguna corriente de aire.

Me da la sensación de que solo han pasado unos minutos desde que llegué, pero es más de medianoche. Otro martillazo. Subo las escaleras a los dormitorios, quizá una ventana mal cerrada. ¡PAM! ¡PAM!

Entro en la habitación de donde vienen los mazazos. La ventana está cerrada. No sopla nada de aire. ¡PAM! Los golpes vienen del viejo armario de color rosa apergaminado.

Me acerco y me pongo delante. Con el corazón a mil por hora, abro las puertas con rapidez, pero alguien desde dentro las vuelve a cerrar y ¡PAM! el armario cae sobre mí.

Abro los ojos. Estoy tumbado en mi cama, en el apartamento que comparto con mi compañero de clase. Miro el reloj digital, son las 03:33 de la madrugada. Estoy más asustado de lo que podría reconocer.

Me tapo con las mantas hasta los ojos. La luz de una farola se cuela por la ventana. Intento quedarme dormido de nuevo. Oigo el chirrido de la puerta del armario de mi habitación, unos sonidos amortiguados, como pisadas se acercan a mi cama. Siento el peso de algo que sube por los pies y se acerca lentamente hasta la almohada. Oigo voces que viene del salón, las voces de la televisión encendida.

–Yo siempre me he escondido en este armario y nunca me han encontrado– dice una voz metálica dentro de la sábana–. A ti tampoco te van a encontrar, nunca.

Salto de mi cama y salgo corriendo hacia la puerta de entrada. Cuando paso por delante del salón, veo a un hombre de unos treinta años dormido en el sofá, la tele está encendida.

Me paro en seco porque sé que si despierto a ese hombre me podrá ayudar, pero algo sale corriendo de mi habitación, una pequeña figura que se abalanza sobre mí. Caigo de espaldas. Intenta ahogarme con sus pequeñas manos.

Abro los ojos. Estoy en mi habitación. Miro el reloj, son las 03:30. Enciendo la luz, me levanto y cierro la puerta del armario.