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El refugio de ancianos

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Todo sucedió doce minutos después de la medianoche. Yo quería ser escritor: sabía que las historias contadas por la memoria y la imaginación perduran luminosas en el tiempo.

Por eso, esa noche, salí a buscar esas luces de la imaginación en la casa confinada de mi tía que si era escritora. Y eso sucedió, doce minutos después de la medianoche.

Antes de llegar a la casa de la tía atravesé las solitarias calles de la ciudad y, en el camino, miré hacia el “Refugio de los Anciano”.

Ahí me detuve a contemplar su resplandor y sus vestigios. En el jardín advertí la soledad del antiguo edificio y sus ventanas despobladas. Y en medio del yermo edificio medieval, avisté la figura de alguien, la figura de siempre, un anciano como una sombra que se proyecta sobre los cristales de una ventana; la sombra levanta sus manos y me saluda. Luego, baja las manos; y se queda inmóvil, en el último piso, parado detrás de la ventana. Se queda inmutable como sembrado en el tiempo.

Su presencia es como un ritual. Aparece, nos vemos y me saluda. Aunque hay días que no está en la ventana. Las veces que no está parado ahí, detrás de la ventana, lo imagino encerrado en su propia vida que trasciende a este refugio de ancianos.

Cuando logro verlo, la imagen oscura del anciano surge de pronto. Una visión rápida, efímera, como si ya lo conociera, como si ya lo hubiese visto antes: como si en el pasado, esta visión oscura me hubiese ocurrido muchas veces en otros momentos.

No temo a esas imágenes y sombras repetidas que de pronto aparecen, atraviesan mis pensamientos: pueblan la memoria. Es suficiente con estar vivo a plenitud para sentir la existencia: pensar, recordar, imaginar, y saber que, podemos marchar por el tiempo y saltar de un lugar a otro y de una oscuridad a otra.

Es suficiente con estar vivo como ser humano luminoso para sentir la plenitud de la existencia: pensar, recordar, imaginar, y saber que, podemos marchar por el tiempo: saltar de un lugar a otro y de una oscuridad a la otra.

Antes, sentía mucho temor, me sentía extraño; parecía una locura. Pero, ya me acostumbré a esas imágenes; es como cruzar de una vida hacia otra vida: es como una alquimia inseparable de la misma vida.

Yo seguí caminando hacia la casa de mi tía. Quería mirar el cuadro colgado en la pared, donde aparece pintado “El Refugio de los Ancianos”: la sombra de mi amigo parado cerca de la ventana en el último piso. Ahí permanecen el edificio y la sombra, imaginados y perpetuados; pintados por mi propia tía.

Toqué la puerta. Ella, abrió. Y entré a la casa. Comencé a caminar; y me provocó fumar un cigarrillo. Lo encendí. El humo de la primera bocanada comenzó a elevarse como buscando subir hacia el techo de la casa. Se escuchaba el maullido insistente de algunos gatos.

Toda la casa tenía un penetrante olor a encierro; un olor de confinamiento que se juntaba con un olor fuerte a madera y añejos libros antiguos de alguna biblioteca medieval.

Me ubiqué en la sala grande donde cuelga el cuadro del “Refugio de los Ancianos”. Vi una telaraña sobre la pintura, y una mosca que se movía afanada por escapar del enredo perfecto de los hilos arácnidos. También, una pequeña araña que, en este preciso instante, a la medianoche exactamente, saltó desde otro cuadro que muestra una pintura del papa Bonifacio VIII hacia el cuadro del “Refugio de los Ancianos”.

Yo la vi saltar en un rápido intento para terminar de capturar su presa. Y una suave brisa penetraba por los ventanales de la casa; acariciaba mis mejillas, y movía la telaraña. Era evidente, la mosca en algún momento será atrapada; tal vez, morirá devorada.

Mi reloj de pulsera, y el viejo reloj colgado en la pared, marcaron la misma hora del instante.
Detallé minuciosamente la sombra del anciano en el cuadro y no tuve la menor duda que esa era yo.