Una tarde de mayo, de esas que esperas no recordar dentro de 10 años, o quizás menos tiempo.
Un vagón de metro sucio y abarrotado de gente.
Una muchachita con un guayabo y un diario.
Mientras el vagón seguía su recorrido, esta muchachita quiso y deseo no ser ella, quería escribir, quería que la leyeran, pero no quería que supieran que precisamente era ella. Todos escribimos con el propósito de vaciar nuestro alma en papel y tinta, y que alguien lo lea. Esta no era la excepción, así nació Emilia.