Microrrelato como protesta 2: Utopía

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¡Hola, amigos de steemit!

En esta oportunidad, les comparto, una vez más, una pequeña historia —ficticia—, que escribí recordando lo vivído en mi país pocos meses atrás, un país que protestó, luchó, cantó y perdió. Pero que mantiene la esperanza guardadita en el cajón.

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La computadora proyectaba imágenes de las manifestaciones que tuvieron lugar en la autopista Francisco Fajardo de Caracas esa mañana, y de la represión por parte de la Guardia Nacional Bolivariana (GNB) resistida por los manifestantes y los transeúntes atrapados en el conflicto. Gente corriendo, gritando, ambulancias que intentaban abrirse paso, policías persiguiendo a manifestantes sofocados por el gas lacrimógeno. Chorros de agua castigaban a civiles indiscriminadamente; daba igual su género, edad u profesión, únicamente importaba demostrar quien poseía el poder. La democracia Venezolana se extinguía: el gobierno, elegido mediante elecciones aún cuestionables, atacaba de forma brutal la libertad de expresión y de manifestación de sus ciudadanos.

Mientras entraba en vigencia el horror y el caos "democrático", una pancarta colocada por quien sabe quien, con el lema "VENEZUELA PERDIÓ EL MIEDO” intentaba inspirar y transmitir esperanzas a aquellos que, olvidándose de sus diferencias, se unieron en un mismo lugar, para luchar por los derechos de todos, para cantar al mismo ritmo, por la libertad.

Esa misma sensación intentaba transmitir también ahora, cuando cientos de personas del mundo entero veían estas mismas imágenes a través de internet, entre ellas Carlos y Paola, quien acababa de entrar en la habitación, con una bolsa de hielo y un recipiente de crema.

Se sentó al lado de su compañero a la orilla de la cama y con una mirada cómplice le tendió la bolsa de hielo para colocársela en la cabeza. Mientras la voz a través del vídeo contaba como después de la manifestación civiles armados —conocidos popularmente como colectivos, rondaron las calles armados, en busca de manifestantes—. Paola se dobló el pantalón y se untó el tobillo con un poco de crema.

—¿Qué crees que pasará ahora, Paola?, preguntó Carlos, mientras se giraba para verla.

Con determinación y rabia, sonrió. — Qué seguirá la lucha — Dejó la crema a un lado y cerró la laptop. Había escuchado suficiente.

No intercambiaron más palabras, tampoco hacía falta. Se acostaron uno junto al otro y se quedaron escuchando el ruidoso silencio de las calles. Estaban a salvo, por ahora. Solo se disponían a soñar con la siguiente batalla.

Mientras tanto, en una de las esquinas de la habitación, un arrugado cartel de tres colores, también soñaba. Pero a diferencia de Carlos y Paola, él lo hacía con la utopía.

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