Ayer miraba una película con mi niño mayor sobre el periodo entreguerras, en el año en que Hitler pedía los Sudetes antes de invadir la antigua Checoslovaquia y se reunió en Munich con el primer ministro británico Chamberlain -un lord ya anciano que moriría un año después dando paso a Churchill-, que intentaba impedir la guerra con la que amenazaba aquel hombrecillo peligroso cuya patita empezaba a parecer ya la garra de un monstruo.
Cuando terminamos de ver la película llegó la hora del informativo y la consiguiente ronda covid por comunidades y países, que ya suena a eco y a hueco por lo mal que explicamos demasiadas veces las cosas y por las discordancias entre epidemiólogos y gobernantes y entre ambos entre sí, "omicronaciones" del virus aparte…
Tras la ronda covid, o después, no sé si ahora lo ponen antes en los titulares o lo ponen después de lo de Rusia, comenzó la ronda de corresponsales sobre la tensión en la frontera de Ucrania, en la de Europa, EEUU, con China de fondo y sus juegos inminentes (olímpicos y no olímpicos); en la frontera de ese no sitio, en definitiva, donde podría terminar medio mundo, eso que ahora llaman la guerra híbrida. Mi niño y yo mirando la tele como dos enanitos aterrados en medio de una no lucha de gigantes…
La tentación de comparar con el presente las situaciones históricas suele olvidar la necesaria y complejísima inmersión que se debe intentar hacer en los contextos del periodo comparado con el actual. No se trata sólo de observar los elementos comunes, sino en qué contexto social y cultural suceden. Ya sé que hay guerras en el mundo todavía. La de los Balcanes, para quienes tenemos la edad necesaria para recordarlo, por ejemplo, ocurrió en los 90 ante nuestras narices europeas y fue el horror, como repetiría aquel comandante Kursk de “el corazón de las tinieblas” de Conrad o del “Apocalypsis now” de Coppola (aún sin saber que el horror también lo era él).
Y parece que hace poco de aquellas guerras. Pero, aunque el ser humano gusta de ser tentado y caer repetidamente, primero en el estropicio de sus pasiones y, con la edad, en el de sus intereses más primarios, y en cualquier época, sin embargo, conviene tener en cuenta que cada revolución industrial, cada transformación evolutiva, como ahora la globalización de las comunicaciones y los capitales o la liquidez de las certezas y de los pilares del conocimiento, influyen en el desarrollo de la personalidad de los individuos.
En fin, que tantas películas vistas como nunca antes donde la paz es el camino, incluso aunque sean belicosos superhéroes o justicieros violentos atrapados en junglas de cristal los protagonistas; tanta sangre indeseada en tantas series de televisión, tantas muertes recreadas para la comodidad del sofá de cada casa, tantas veces repetido el discurso final de Chaplin en El Gran dictador, tanto centro comercial con sus lucecitas incluso cuando están cerradas las tiendas no sólo aquí, también en Rusia y cada vez más en China y en la Conchinchina, no sé, quiero creer que con tanto de todo eso y más de lo que caracteriza nuestro tiempo y su velocidad acelerada por los estímulos de millones de pantallas encendidas como nunca, jamás, en ningún momento de la humanidad ocurrió, y por mucho que se intente o se manipule lo que por ellas se emita, sea un vídeojuego o un informativo (que cada vez se parecen más), quiero creer y creo que, siendo cada vez más iguales pese a ser tan distintos, ya casi nadie tiene el cuerpo para ser soldadesca de más guerras convencionales, …
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