La vida se abre paso. El negocio de las mascarillas está ahora en la venta de las FFP2, que es verdad que protegen mejor y más que las quirúrgicas y las de tela. Pero tal y como está el nivel de fatiga pandémica tampoco éstas serán negocio de nuevo. En España siguen muriendo casi 200 personas de media al día por Covid. Muchas más en EEUU. Pero no parece que importe ahora lo que antes nos hacía considerar esa cifra como un luctuoso y trágico escándalo. Yo tengo una mascarilla que te cubre entera la nariz y si le echo un poco de autoestima me hace parecer un superhéroe de Marvel o de DC... La vida se abre paso, en fin, y esto lo contaba yo el otro día en la radio, desde donde no se contagian los virus, sólo la información (mejor o peor contada, más o menos manipulada), las voces de los protagonistas, las emociones mediante esas voces, mediante la voz del comunicador, apenas para tocar tu oído (una frase "nerudiana" bastante recurrida)
Parece que la pandemia ya poco importa si Fitur, la pasada Feria Internacional del Turismo, ha vuelto a ser presencial, con su presidente de la Junta andaluza y su gobernante Pedro Sánchez y su rey Felipe VI, con su magnífica sonrisa profesional de gran diplomático en los ojos -ya que la boca tapada por la mascarilla tapa la otra sonrisa, pero sonríe vaya con quien vaya de la mano el todavía marido de su infanta hermana, su cuñado Iñaki Urdangarín, algo que poco debiera importarnos pero que importa tanto a los medios y a quienes les dan la razón siendo su audiencia- Y es que la pandemia, insisto con los números y el argumento, pese a estar matando cerca de 200 personas diarias, empieza a ser pasado o un impávido presente inevitable. La estrategia política es que lo que ahora toca es combatir el virus del hambre mientras se baila separado con el Sars Cov 2 al ritmo de la pretendida recuperación, y esto es lo que parece comprar con agrado la mayoría de los fatigados pandémicos y quienes quieren que siempre estén abiertos los bares y las discotecas para ese baile. Por eso en Dinamarca, por ejemplo, a la que esta semana ha seguido Suecia, ya hay barra libre sin restricciones.
Mascarillas en países europeos
Pero mientras todo esto se cuece, claro, en los hospitales y en los saturados centros de salud de atención primaria, con los que se hace demagogia y populismo político -como con todo, ya hace mucho tiempo que no se respeta nada-, quienes bregan con la enfermedad y los enfermos ven las cosas de otra manera, abatidos en su intento de poner una cama de UCI en el hombro de cada persona cuando salga a la calle para que vivamos más concienciados. Pero si ni siquiera hacemos caso a la muerte, siempre sentada en nuestro otro hombro desde que empezamos a respirar y con cada respiración avanzamos en la cuenta atrás inevitable de nuestra vida, cómo vamos a hacer caso a la camita de hospital ni a la variante Ómicron de turno. Allá cada cual, por tanto. Responsabilidad y cuidado personal pensando en uno y en los demás: mascarilla en interiores y sentido común en la calle.
Por lo demás, nada nuevo bajo las mascarillas. Ni bajo el sol, que aquí en Andalucía, en el sur de España desde donde escribo, sigue sin llover y eso amenaza el turismo y hace aplaudir de gusto a los virus que conquistan el aire que no logra limpiar la lluvia.
Nada nuevo bajo la mascarilla, sólo algún que otro bigote y dientes dientes dientes. Riamos la subida del IPC, los precios, todos, por culpa de la especulación de quienes ven una oportunidad en la pandemia con los test de antígenos -hasta que les han frenado la especulación por decreto, aunque tarde-, con las FFP2, con los combustibles, la electricidad, la gasolina, el gas… No había que ser economista para darse cuenta de que si la luz subía tanto acabarían subiendo los precios de lo que se fabrica en las fábricas con esa electricidad tan cara; que las fábricas gastan mucha luz. Como la gastan las máquinas de café de las cafeterías, los congeladores, los ordenadores, la cadena de producción del día a día y del transporte de lo que se transporta en un mundo interconectado y globalizado no sólo por la web. Inflación, se llama. O lo que es lo mismo, con lo que tengo, que cada vez es menos, puedo comprar menos. Y menos aún, por la carestía de lo que ahora vale más dinero que cuando lo compraba teniendo más dinero yo, un dinero que además valía más. Teniendo más dinero yo y usted, incluso tú y quien no tenía casi nada, a propósito, que cada vez son más quienes se descuelgan, ahí los informes de Cáritas para demostrarlo. Luego, si cada vez quienes más tienen tienen mucho más y los que menos aún menos, claro está que la cosa mejora sólo para los pocos que acaparan la riqueza en un desequilibrio que corre el riesgo de romper los tableros de aquel estado del bienestar que en este país mío nunca terminó de cuajar. Pero no importa. O eso parece. Así que “Qué no importa” se llama la canción de Calum Scott que os dejo para cerrar este post... Gracias
No matter what...
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