Almas buenas, gracias a la persona que hoy con tanta generosidad le ha pagado la compra a mi madre al ver que no se acordaba del pin de la tarjeta, si lees esto me gustaría poder pagártelo. Gracias de corazón, mi madre ha llorado mucho de su impotencia ante la falta de memoria… (Chicho Marín) 1,52 pm 18 diciembre. 2021 de Málaga , Spain. Twitter for Android… Parece sacado de un cuento de Navidad, ¿verdad?…
Cuando uno tiene o ha tenido madre anciana y ha convivido con ella no puede evitar sentirse concernido con Chicho y su impulsivo mensaje, con esa generosidad y ese agradecimiento que te nace como un borbotón del alma hacia quien le ha tendido una mano a tu madre.
Una vez, en el barrio, un hombre levantó a mi madre del suelo. Andaba ya la mujer añosa y torpe y tropezó delante de la sucursal de Correos que hacía esquina con la humilde calle donde vivimos mi hermano y yo de chicos y donde luego vivieron hasta su muerte mis padres, en un piso que finalmente vendimos a una parejita joven, que firmó la compraventa en la notaría con la ilusión de estar construyendo un mundo que tenía su centro de la tierra entre aquellas paredes donde habíamos crecido y nos hicimos mayores mi hermano y yo, y donde se hicieron viejos y terminaron sus días sobre este planeta José y Dolores (Pepe y Loli), mis padres.
Vendimos aquel piso. Pagamos esas plusvalías tremendas para su humilde valor de mercado que siempre fueron obviamente desproporcionadas e injustas, aunque sólo ahora se hayan -y tras mucha pelea jurídica-, por fin, quitado. Pero estaba contando aquella caída en la calle de mi madre, Ay, mi Lola...
Mi madre resbaló y al intentar corregir la verticalidad le falló el sostén en la otra pierna y cayó de culo. A la pobre le dolían los huesos de una artrosis original recrecida con los años y el culetazo y la torsión en la cadera le hicieron soltar varios ayes sonoros, que se sumaron a los que ya llevaba puestos, según me contó ella misma y una vecina también anciana que acudió en su ayuda soltando la bolsa de la compra en el suelo, junto a la de mi madre, apoyándola en un quiosco de la ONCE que había en la acera y donde esta mujer estaba comprobando su cupón de ayer. Pero el peso dolorido de mi madre impedía a la pobre Lola levantarse sola, y la vecina no podía con ella por mucho que tiraba de su brazo…
En ese momento salió un hombre grande de la oficina de Correos con unos papeles en la mano y sin cambiar su rictus se acercó a la escena. Aquel hombre se agachó levemente y agarró a mi madre bajo la axila y la levantó de un solo intento. La vecina, algo intimidada, no dejaba de mirar las bolsas en el suelo con recelo. Pero mi madre, aunque jamás la había abrazado un hombre desconocido, tan grande y negro, anulada e impotente, por su falta de fuerzas para levantarse y por la vergüenza de estar en el suelo en plena calle, le agarró el brazo para facilitarle la tarea. Más tarde me contó que la levantó como si fuera una pluma y eso la impresionó como si a una muchacha el mismísimo Tarzán en taparrabos le preguntara la hora en mitad de la calle Larios de Málaga…
Pudo ser un drama, pudo haberse roto la cadera o algo peor. Pudo ser un episodio fatal que afectara definitivamente a su debilidad sobrevenida por la edad, por el desgaste de todo lo peleado en la vida y los padecimientos de fábrica, pero aquello terminó siendo una anécdota feliz de las que te cambian la perspectiva de ciertas cosas. Una verdad que yo ahora os cuento, cuando seguimos con la mascarilla puesta, cuando nos hace falta el pasaporte Covid casi para hacer vida normal y la variante ómicron también ha llegado a casa, como el turrón del duro, por Navidad…
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