Sobre el valor de cada cual

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Hay dos procesos que todo individuo debe realizar: el primero es valorarse y el segundo es darse precio. Valorarse es una carrera con una meta, que es la consumación de la idea superior que inunda todo lo vivo, desde el propio ser hasta lo que este aniquila. En este sentido, la carrera viene dada por los obstáculos y vicios que ciertos entendimientos y enseñanzas dan a quien los aprehende, apartándolo de esta noción bella que se esconde en todo lo vivo. En otro caso, se está en todo el derecho, sin carrera ni esfuerzo, pero sí en calma contemplativa, de percibir esta intuición. Lo segundo, apreciarse, es un acto de consenso colectivo, y por tanto nunca termina en los grupos humanos, allí donde tantas fuerzas confluyen para que los precios, los de nosotros y los de los bienes que poseemos y creamos, varíen constantemente. Es además una acción, que en aras de simplicidad, tiende a ser de naturaleza mutilada, con fronteras precisas, allí donde, si se piensa bien, los factores que confluyen en la cotización tienden a ser tan diversos e inestables, que tomarlos todos en cuenta es prácticamente imposible.

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En todo grupo social, más que repetir estas premisas hasta la saciedad y la embriaguez colectiva, estas se deben dar a entender. El arte que se produzca debe saber alimentar esta sensación. Si, como comúnmente ocurre, el valor de cada cual se ve en detrimento del de su precio o el de sus posesiones, siempre habrá un momento para que ello pase factura. Llegará un instante de conciencia para quien haya hecho dicho trueque, en donde note que algo le ha sido arrebatado. ¿Qué puede producir una sociedad que impulse a sus miembros a la conclusión, ya por imposición, ya por ignorancia, ya por comodidad, de que ellos nada de valor poseen, nada digno de admirar o contemplar? ¿Qué clase de hijos tiene una nación que predica la doctrina de la esclavitud, en cualquiera de sus variadas formas, y la enaltece como un valor imperecedero? Desde seres desarraigados, hasta espíritus enjutos o hedonistas, apegados a los fines y costumbres del momento. Pero todas las almas, que en su esencia de vida siempre albergan una magia inexplicable, intuyen dónde está el umbral de las puertas de esta verdad. Sospecharlo, o pasar a través de él, puede ser el llamado de un reclamo interno, precisamente la factura de la que antes se habló, una deuda para con uno mismo, olvidada quizás hace un tiempo.

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Debemos decir entonces, a nuestros pupilos, que el mundo está plagado de incertidumbres, de las cuales algunas hemos intentado atajar, y otras, más allá de su importancia, parecen existir para no tener nunca respuesta, al menos no en su totalidad. Debemos decirles que siempre se debe tener guardada una sonrisa leve, con la cual responder a los vaivenes del devenir. La vida es juego, con horrores y encantos, pero sólo es eso. Y a partir de ella, es que creamos las reglas con las cuales nos damos precio a nosotros y a lo que nos rodea. Aventuraré que el mejor sistema de precios para los humanos, el mercado más justo, es aquel que no pierde de vista el valor de cada ser que integra.

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