Volverte a ver

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Hoy la casa se siente más silenciosa, con ese vacío repentino que dejan las despedidas que ocurren sin previo aviso. Lian, mi primo hermano, nuestro talentoso pícher, ese muchacho con un brazo de oro al que los equipos de béisbol de la República Dominicana acaban de captar, ya emprendió su viaje hoy. Todo pasó tan rápido que todavía parece una mentira de esas que duele creer. Se nos fue buscando un futuro mejor, porque todos sabemos que aquí, en nuestra amada pero golpeada Cuba, la juventud camina con los sueños atados de manos y pocas esperanzas de crecer.
​Me duele el alma pensar en lo que viene ahora. Duele saber que los domingos risueños, las bromas en el portal y su entusiasmo constante se mudarán a la fría pantalla de un teléfono. Ya no lo veremos entrar por la puerta; ahora solo vivirá en las fotos de perfil, en los estados de WhatsApp y en videollamadas con mala conexión donde intentaremos abrazarlo a través de un cristal. Es un nudo en la garganta imposible de tragar, una mezcla extraña de orgullo gigante por su talento y una nostalgia tan honda que quiebra el pecho.
​Pero si hay algo que me parte el corazón por completo es ver a mi abuela. Se ha quedado destrozada, sentada en su mecedora, repitiendo una y otra vez con lágrimas en los ojos que ella es viejita, que teme morirse sin volver a abrazar a su muchacho. Verla sufrir así es desgarrador, porque a su edad los años pesan y las distancias se sienten como murallas infranqueables.
​Mi querido Lian, vuela alto, triunfa en esa loma de lanzar como tú sabes hacerlo y cómete al mundo en tierras dominicanas. Te amamos con la vida y te vamos a extrañar cada segundo. Ve a construir ese futuro que aquí se te negaba, aunque a nosotros nos toque aprender a vivir con tu ausencia y a besarte solo a través de una foto.

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