El martes en la mañana Marta me había llamado por teléfono, necesitaba de mi ayuda, requerían de un adulto en el grupo de excursión al cual acudía mi sobrino al escuchar la petición, no me sentí con muchos deseos de auxiliar esta vez a mi cuñada, pero luego escuche la voz de ese niño que se me arrugo el corazón y termine por aceptar.
La excursión estaba pautada para el día jueves, el grupo saldría a las ocho de la mañana. Marta me recogió en mi casa a las siete menos cuarenta y cinco, Gabriel se mostraba muy emocionado, llegamos justo cuando el grupo se estaba organizando para salir, por el apuro casi se nos olvida la lonchera.
Decidí sentarme en los últimos asientos del bus para darle espacio a Gabriel para qué conversará con sus compañeros sin sentirse supervisado, estire las piernas y me dispuse a disfrutar del paseo.
Justo antes de llegar al destino, el líder del grupo comenzó a recordarles a los niños las normas y reglas pautadas para realizar la actividad mientras el conductor estacionaba el autobús frente a una cerca de alambre, la cual debíamos de abrir para poder ingresar al terreno donde se llevaría a cabo la excursión.
Desde mi perspectiva, aquel acto era una invasión a una propiedad privada, por lo que me acerque al guía y le pregunte si estaba autorizado hacer aquello, el hombre se asombró ante mi pregunta y me dijo claramente que sí, sin embargo, tuve mis sospechas, pero decidí continuar junto a ellos por el bien de mi sobrino.
Me asignaron la tarea de auxiliar a los chicos que se fueran quedando rezagados durante la caminata, entonces iniciamos la excursión, teníamos que cruzar por en medio de una siembra de maíz que nos arropaba completamente, luego empezamos a subir por una colina, la vegetación fue cambiando ahora era más espesa y el suelo era muy pantanoso por cada paso que dábamos los pies se nos hundía en un lodo pegajoso que impedía que sacáramos los pies de allí y cuando lo logramos hacer en muchas ocasiones los zapatos quedarán inmóviles en el fango.
Todos los chicos protestaban, la marcha era lenta por las múltiples ocasiones que debíamos, detenernos para sacar los zapatos que se quedaban adheridos al barro, era muy caótico todo, el líder nos pedía que continuáramos y dejáramos de quejarnos para disfrutar la experiencia, mientras yo pensaba vaya experiencia tener que caminar sobre un lodazal.
Cuando por fin llegamos a la cima nos encontramos con un olor muy fuerte azufre, alrededor había mucha latas de cerveza, y otro tipo de basura en centro, un pequeño agujero por donde salía una especie de barro que según el guía este era un volcán en formación, pero le faltaban unos cien años para llegar a ser una fumarola imponte.
Descansamos un poco antes de retomar el regreso, los chicos se mostraban decepcionados y aburridos por todo el esfuerzo hecho solo para contemplar aquel simple agujero que cada segundo lanzaba barro así fuera mientras el líder nos hablaba de lo importante del camino, de lo alcanzado no del logro en sí. El descenso lo realizamos lentamente, aunque ya conocíamos el camino, el barro seguí siendo muy pegajoso y por lo boscoso de la vegetación no pudimos observar como el cielo fue perdiendo luminosidad y ahora todo era oscuro.
Al llegar a la planicie, unas gordas gotas de agua comenzaron a caer con fuerza, los niños gritaban que corran, corran, nos vamos a mojar, no obstante no se podía, sus calzados estaban repletos de barro, les pesaban, el maizal era muy espeso no se veía la salida siendo todo esto un obstáculo para lograr nuestro objetivo llegar hasta el autobús sin emparamarnos.
Así, de repente las gotas gordas fueron cayendo con tal rapidez que nos empapó a todos de pies a cabeza, la risa me fue saliendo de forma natural al ver como todos deseábamos llegar al mismo destino, los chicos se mostraban frustrados por haber perdido el control de la situación, y como en el llano así como llueve escampa antes de llegar a la cerca salió el sol nuestro aspecto era como el monstruo de la laguna negra, todos llenos de barro, cansados pero con muchas ganas de reír.
La imagen de la Portada pertenece a Sebastian Pena Lambarri en unsplash