-Entre vacas, toros, perros, cochinos, gallinas y patos crecí, iba muy feliz a mi escuela, estoy hablando del 1960, año en el cual nací, apenas tenía 10 años para el 1970 y estudiaba 2do. Grado; porque para ese entonces los padres no se preocupaban mucho porque fuéramos a la escuela y entre los trabajos propios de una niña campesina y la escuela del caserío pasaron felices mis primeros años, hasta que un día llegó a la casa un hombre a comprar ganado, queso y cuero. Era un comerciante de nombre Ricardo Martínez, su edad oscilaba entre 25 y 30 años, alto, moreno, muy cariñoso y buen mozo.
Romelia hizo una pausa, su mirada viajaba a zonas cerebrales llenas de melancolía, y continuó su relato:
-Ya tenía 13 años, era una niña alegre, feliz, el campo y yo nos reíamos, para ese momento estudiaba 5to o 6to grado; pero muchos peones de los fundos cercanos, muchachos e incluso el maestro de la escuela, me decían cosas bonitas, me enamoraban, a mí me gustaba eso; pero nunca tomé en serio lo que me decían, es decir, no me enamoré o no me gustaba ninguno de ellos.
Nuevamente se detuvo y aproveché ese momento para decirle:
-Romelia, hoy te veo y tu belleza me cautiva, me llama la atención y te imagino en tus tiempos de moza y veo a una señorita con un cuerpo bellísimo impregnado de la fragancia de flores silvestre del campo, tus ojos azules con el brillo intacto del calor humano, la esperanza y el querer vivir para amar, tu cabellera larga de color negro azulado, siempre en libertad, jugueteando con la brisa de la mañana y dejándose acariciar con la brisa de la tarde. También visualizo las caricias del agua del aljibe al resbalar por tu piel canela en tardes de verano, en tardes de invierno.
-Amiga, no quiero imaginar más; pero te voy a decir que los muchachos de ese mágico tiempo, tu maestro y los peones de los fundos, no estaban ciego; ellos estaban como locos de amor y de pasión por tu amabilidad, sencillez y belleza. Todo lo que te dije sin conocerte me lo inspiró tu presencia. Indudablemente eres un regalo de la naturaleza; pero sigue contándome, acuérdate que el tiempo es nuestro aliado.
Se quedó mirándome, sonreía y continuó su relato de esta manera:
-Gracias señor, por cierto aún no sé su nombre
Y le dije mi nombre:
-Dionisio Pimentel
Continuó:
-Bien Sr. Dionisio, yo no sé qué me pasó cuando vi por primera vez a Ricardo, sinceramente no lo sé; recuerdo que estaba haciendo una tarea, se me cayó el cuaderno y sentía dentro de mi algo que nunca había sentido, sudaba y cuando me miró me puse más nerviosa y salí casi corriendo del recibo de la casa para el patio y luego me fui a mi cuarto. Desde ese momento empecé a fantasear como adolescente que era y me preguntaba ¿Será qué le gusto? a lo mejor piensa que soy una niña, total Sr. Dioniso a la cabeza se me venía muchas cosas.
-Estando en el cuarto escuché clarito cuando mi papá le dijo: "Ricardo vamos hacer negocio pero eso es quedarse tres o cuatro días y él le contestó no importa Sr. Raúl yo no ando apurado. Eso me causó tanta alegría que debí hacer algún gesto que mi hermanito Efraín me dijo: “Muchacha y a tí qué te pasa", no le contesté pero me quede tranquila y en ese momento mi mamá me llamó "Romelia ven para que aliste el cuarto del Sr. Ricardo" con mucha prisa salí de la habitación y me dirigí al cuarto que iba ocupar el Sr. Ricardo, lo barrí, sacudí el polvo, colgué el Chichorro y cuando estaba colocando el mosquitero, en ese momento, entró mi mamá con el Sr. Ricardo y me quedé paralizada, muda, solo veía a ese hombre tan cerca de mí que pude percibir la fragancia de su sudor mezclado con perfume y deseaba abrazarlo; miré sus ojos color almendrado con brillo de plata y su cuerpo fuerte como de leñador y esa bella piel morena suavemente matizada por los rayos del sol.
-El hombre era muy bello, de sonrisa franca y agradable su voz era como el susurrar del viento por la pradera, todo en él me gustaba; pero noté con mucha tristeza que apenas atención me prestaba, hablaba con mi mamá e inspeccionaba el cuarto, solo me dio las gracias y salí del cuarto con un sentimiento que aún no puedo describir.
El primer desengaño | Ecency
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