Era un ritual: todos los días al despertarse giraba hacia el otro lado de la cama y pensaba en su esposo. Desde que murió sus achaques fueron acentuándose. Aurora se mete al baño y toma una ducha, se lava el cabello y al salir coloca sus pies sobre la alfombra para secarlos. La sensación que produce el roce de sus pies con el suelo le hace erizar la piel, porque está frío.
Tiene numerosas arrugas en la cara y al reírse se le marcan todavía más. Sus 94 años de edad no le han hecho perder la lucidez. Le encanta colar café en las mañanas, vive sola y todos los domingos la visita su nieta Tatiana. Ella tiene 14 años, de cabello castaño oscuro y piel un poco tostada por el sol. Preparan galletas y a veces salen de paseo. Ese domingo Tatiana llegó con una novedad: una bicicleta.
-Abuela, abuela. Mira lo que me regalaron.
-¡Tatiana, ten cuidado al cruzar la calle con la bicicleta!
-Sí, mamá. Igual la abuela me cuida.
-Y tú la cuidas a ella. Vengo a buscarte más tarde. Chao, hija. Chao, mamá. - dice mientras le da un beso a cada una.
-Chao, hija. Cuídate.
La mamá de Tatiana sale de la casa y cruza la avenida hasta que su figura se va desdibujando. Ambas entran a la casa con la bicicleta y la dejan pegada a una de las paredes de la sala. Tatiana entra al cuarto para cambiarse de ropa. Cuando sale ve que su abuela está en la cocina.
-Abuela, ¿qué haremos hoy?
-No sé, Tati. ¿Qué quieres hacer?
-Yo pensaba pasear un rato en la bicicleta y luego comprar pan dulce en la bodega y hacer de ese chocolate que te queda tan bien.
-¿Pasear en la bicicleta?-dice Aurora mientras se le inundan los ojos de felicidad.
-Sí, en la bicicleta. Si quieres te puedo enseñar.
Ambas se miran y hacen silencio. Aurora está acomodando unos platos.
-¿Tú dices? ¿No crees que estoy muy vieja para eso?
-Para nada abuela. Eso no tiene edad.
-El chocolate, ¿cierto? Déjame prepararlo y nos vamos. Pero, espera. Tu bicicleta es muy pequeña.
-Tranquila abuela, ¿el vecino sigue teniendo la suya?
-Ay, qué pena con Jacinto.
-Yo me encargo.
Tatiana le da un beso en la mejilla y Aurora sonríe todavía más. Comienza a preparar el chocolate.
- ¿Estoy bien peinada, Tati?
- Sí, estás perfecta.
-Doña, ¿cómo está? No sabía que le gustaban las bicicletas.
Tatiana daba vueltas y Jacinto llevaba a su vecina en una línea recta para que no se mareara. “Caramba, fin de mundo. Yo montada en dos ruedas”. En ese preciso momento la inundaba una felicidad plena. Era la sensación más pura que había sentido en años. Ahora quería hacerlo sola. Sin la ayuda de nadie.
-Don Jacinto, déjeme intentarlo yo sola, ¿sí?
-Doña, no me atrevo.
-¡Abuela, abuela!- grita Tatiana.
Ese fue su último recuerdo. El de la brisa, el de la bicicleta.
Gracias por llegar hasta el final.
Ilustraciones hechas a mano por Juan Pablo