Relato de un Azotador

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tmp-cam-8787230582794323362.jpg Diseño Original Del Canal

En estos tiempos ya nadie recuerda lo que verdaderamente significa la palabra azote. Y es que, en resumidas cuentas, la palabra no hace justicia al efecto del mismo. Algunos creen que es un castigo para aquellos niños que se portan mal, otros que es una simple manía ridícula. Sin embargo, es la mayor forma para dar rienda suelta y homenajear a la parte más digna, más refinada y más generosa de la mujer: sus nalgas. Lo admito, mis palabras podrían sonar como las de un pervertido de aquellos que solemos juzgar día a día. Más en mi teoría de placer, me baso en un simple y único detalle, el ser humano es el único animal dotado de nalgas, los animales en general, presentan lo que llamamos cuartos traseros. Nosotros y en mayor exuberancia las féminas, tenemos esa arrogante y adorable redondez que atrae, que despunta, que invita y provoca. Las mujeres con vil maestría, han logrado llegar a adquirir la forma de unas curvas deliciosas, atractivo irresistible para las manos de cualquier hombre.
Es por tanto que debemos tener cuidado. Porque azotar, no es golpear sin medidas a lo cavernícola, provocando más daño que placer. El azote debe ser una mezcla perfecta entre acariciar y violar al mismo tiempo. No recuerdo en mis años de vida, algo más placentero que unas nalgas que se sacuden bajo la fuerza de una mano precisa, endureciendo la carne trémula y delicada de aquella hembra en cuestión, provocando como reacción manifiesta el suplico por otro golpe preciso en sus nalgas. El efecto es tan poderoso, que lleva al comportamiento femenino a la entrega total. Azotar el culo de una mujer, me atrevo a señalar, es como hacer el amor mientras se observan sus efectos.
Expuesta la idea, me gustaría hacer un poco de historia de como llegué a tales conclusiones. Admito que azotar fue una práctica que conocí por accidente. Algo al estilo de científicos como Arquímedes o Newton, lo hice en bañeras y huertos respectivamente. Fue durante aquel memorable cumpleaños, cuando con mis dieciocho años había optado por perseguir el placer como objetivo general de mi vida. La gran parte de mis amigos solo eran capaces mediante muchos días de suspiros e intentos baratos de seducción, conquistas breves de muchachas jóvenes, para un mediocre objetivo de besos entrecortados y sobeteos después de horas y horas de películas, bailes y cualquier herramienta de aquellos miserables. En mi caso, no me tomé aquellas molestias, fui directo al grano como cualquier libertino de manual. Contraté a una meretriz para satisfacer mis necesidades.
Su nombre si la memoria no me falla, era Paola, bueno su nombre artístico según ella. Curiosamente conseguí su dirección gracias a mi abuelo, quien contribuyó en gran medida en mi educación y futura depravación. Paola era una muchacha despampanante de unos veinte años, con senos como cilindros que me hacían sujetarme para no deslizar mi cuerpo hacia lo profundo de su sexo. Sexo que rebosaba en labios rojos, cremosos y suaves, que convergían en aroma a coral y dulce. Más superado todo en conjunto, por su fantástico trasero. Ella lo sabía y presumía de el en todo momento. Adoraba mirarla con aquellas telas impías, que marcaban lo ajustado de aquella zona, moldeando dos generosos globos que sobresalían desde sus caderas, balanceándose mientras se movía. En la mayoría de oportunidades que iba en su encuentro, solo se colocaba unas bragas, las cuales formaban una tira de nilón transparente que suavizaba a la perfección, aquellas esferas lechosas, perfectamente formadas.
Resultaba en deleite visual aquella imagen de hembra, que resplandecía por detalles como su vello púbico en llamas, adornando sus carnosos labios, su ansiosa raja, su voluptuoso valle oceánico y por detrás, sus apetecibles medias lunas que contoneaban como bailarinas al compás de un tango embelesador. En resumen, Paola trastornó mi mente y no lograba arrepentirme de los gastos que me ocasionaba cada semana que acudía a su regazo. Es importante destacar que era una profesional de impacto, que cumplía cada uno de mis singulares caprichos al ritmo de las monedas que salían de mi billetera. Caprichos que iban desde el “chino”, en el que la mujer dobla las piernas hasta la cadera, de manera que toque sus nalgas con los talones; o la “rana nadando”, en que la colocaba boca abajo y me envolvía con las piernas; además de la “misteriosa”, en la que hacíamos el amor en una silla de madera, la cual chillaba a nuestro compás, con ella dándome la espalda para apreciar la majestad de su imperial masa trasera; siendo nuestro colofón la “cubana”, en dónde vaciaba mi carga blanca y ardiente en aquellos pechos radiantes y deseosos de líquido.
Ningún capricho le era imposible, era una funcionaria al servicio del sexo, que incluso adoraba las novedades y creaba aportes para variar las posiciones de amor, todo acompañado obviamente de una sustancial paga extra. Pero lamentablemente, todo caía en el olvido gracias a mi mayor frustración, la regla de oro de las prostitutas de no correrse. Tal regla me hacía sentir miserable, solo pensar en sus delicadas palabras, sus ánimos, las respuestas chistosas y vagos intentos por consolarme debido a la indiferencia de sus corridas, no hacían más que deprimirme. Solo era un joven, no entendía que ella solo era una prostituta, que realmente, al no correrse era más honesta que la amante que finge hacerlo. Y generalmente, damos demasiada valía a tal aspecto, que en verdad, esconde que el placer nunca se encuentra dónde los sexólogos afirman que debe estar.
Como en aquella tarde, dónde Paola estaba sentada a horcajadas sobre mi. Yo me encontraba tumbado en la cama, esperando sus movimientos, por lo que ella guío mi sexo con las manos hasta su gruta escarlata. Parecía una repetición cualquiera de nuestros encuentros, entré en ella con su movimiento de vaivén, mientras me susurraba cosas, logrando el objetivo de atraerme de nuevo hacia aquel trance maravilloso. Pero sin darse cuenta, mi cuerpo arqueado facilitaba el agarre de mis manos sobre sus suaves curvas neumáticas, cuando de repente levanté la mirada hacia mi dulce amazona. Tenía la expresión vacua de alguien que está pensando en otra cosa. Quizás estaba decidiendo que cenaría esa noche o recordando algún trágico recuerdo que la coloco en esa situación. Al ver tal desfachatez con respecto a lo que estábamos haciendo me enfurecí. Cobrando vida propia, mi mano se levantó y golpeó a la prostituta en el trasero. Nunca había azotado a ninguna mujer, nunca lo había pensado, incluso al leer sobre eso o verlo apenas me excitaba.
El resultado fue asombroso, Paola se echó para adelante y sus ojos se iluminaron. Inclinándose sobre mí, apretó sus labios sobre mi boca y metió su lengua, explorándome, electrificándome. Repetí la acción, dándole un azote más fuerte y centrado sobre sus dos nalgas. Acto seguido Paola empezó a gemir, tembló encima de mí y su sexo se volvió denso como el trópico. Ya no podía controlarme, azoté ese culo, que cedía a mi goce ilimitado, ardiendo bajo mis palmas. Paola acompañaba mi disfrute con feroces gemidos indistinguibles de sus falsos gritos de placer. Estaba extasiado. La habitación ardiendo en ganas, los ruidos de la calle y la húmeda cama, dejaron de existir. Estaba pegado a aquellas nalgas, enrojeciendo su esplendor bajo mis manos. La eternidad, descubrí, era aquel culo que bailaba bajo mis palmas. Paola se retorció, suspiro y jadeó, se empaló en mi sexo, estando tan abierta que mis testículos hubieran entrado sin problemas. Terminando en una explosión que desconocía de ella, me cubrió con un flujo de lava, chillando como loca hasta el límite de su voz. Yo le respondí disparando mi leche en ráfagas que parecían durar eternamente.
Cuando recobré el sentido, en las calles, lejos del espectáculo de fluidos del cuarto de Paola, quien decidió no cobrarme aquella tarde, volví a mis adentros y reflexione sobre mi futuro. Mis relaciones normales con las mujeres parecían de repente carentes de sentido. Había descubierto un raro y grato placer en el azote; era algo superior a mi. Solo me arrepentía de una cosa: había azotado aquel culo sin que yo pudiera verlo, de forma que no pude contemplar que aspecto tenía. La imagen me perturbó la imaginación todo el día, soñando en como sería, si volviera hacerlo, pero está vez observando el movimiento de sus nalgas desde detrás, dibujando mi gesto como una película a cámara lenta, para saborearlo mejor, excitado hasta el punto de casi no poder andar. Solo quedaba una solución, dar rienda suelta al azote, no solo con Paola, sino para siempre, recobrar tal instinto animal, que todo hombre tiene, el instinto de tener la carne en nuestras manos. El instinto de azotar.

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