Es notable lo impredecible que puede resultar el destino. Nos va guiando por caminos que tejemos nosotros mismos, sin ser conscientes de su existencia. Cayendo en la definitiva conclusión, que los hombres, son los verdaderos artífices de su pasado, presente y futuro. Es un secreto que guarda nuestra mente con celo y posiblemente la clave de todo, que no existe tal Dios o ser omnipotente, es uno mismo el gran Todopoderoso señor, que crea todo un mundo de situaciones y oportunidades con nuestras decisiones y voluntad. Le damos forma a la realidad habitual, incluso creando colisiones entre pensamientos encontrados. Se podría decir, que lo que me llevó a tal aseveración de argumentos, fue servir a un sujeto que había comprendido de antemano, que el era el verdadero amo de su destino.
Mi vida en comparación a la de él, se podría resumir de manera fácil. Un nacimiento común en un poblado al norte de Francia, una infancia triste sumida en la pobreza del antiguo régimen y una juventud acelerada a la madurez debido al tambor y el fuego, que derrumbó la calma de nuestra Tierra. Tras el estallido de la revolución sangrienta, que llevo a monarcas semi-divinos al patíbulo y otra orda de infelices a enfrentar el terror de las guillotinas, la nación había quedado destrozada. Reinos e imperios de todas partes, cayeron en manada tras el cuerpo abatido de nuestro país. Pretendían restaurar la antigua tiranía, de reyes aspirantes a tocar el sol con un dedo, sin importar las almas que fueran calcinadas en el proceso de su avaricia fulminante.
Se pagó a un alto precio, la expulsión de aquellas temibles fuerzas. Hombre por hombre y bala por bala, el temor que sentíamos cambió a una furia incalculable contra los perfidos opresores. Rabia que se materializó para transformar nuestra nación moribunda y deprimida, en el látigo certero de aquellos monarcas ansiosos por sangre. Sería en un breve lapso de paz que mi persona tendría el honor de conocer al General Charles-Louis Lasalle, aquella criatura que dió sentido a la palabra valentía. Coincidimos en el frente italiano, cuando las fuerzas del General Bonaparte buscaban repeler un intento austriaco de atravesarnos por la Lombardía italiana. Sin embargo, tal encuentro no sería en el campo de batalla, sería en una fiesta realizada en una de las ostentosas mansiones de la ciudad de Perugia, dónde varios oficiales y soldados fuimos celebrados como libertadores de Italia.
Algo que para Lasalle fue el momento perfecto para hacer una de sus extravagantes entradas. Montado en su caballo de mil batallas, irrumpió en la fiesta adentrándose con su fiero corcel a la pista de baile. Con un trote suave y rayando con la etiqueta, encaminó a su compañero animal hacia la mesa de las bebidas, dónde se apoderó con su espada de una de las copas del mejor vino de la ciudad, todo esto sin bajar de la montura y manteniéndose al compás del ritmo de la vibrante música. Al terminar su bebida ante nuestros perplejos ojos, algunos llenos de admiración otros de celos, Lasalle salió hacia la puerta principal, recibiendo la ovación atronadora de sus soldados.
La sorpresa para mí, más que aquel acto fuera de contexto, es que me tocaría acompañarlo en la caballería pesada en la próxima batalla. Batalla en la que Lasalle volvió a dejar anonadados mis ojos y mente. En medio de un mar de fuego y humo, nuestra caballería había quedado dispersa ante las ráfagas certeras de los mosquetes enemigos. Incluso la línea enemiga había logrado reforzar su posición y nos tenía en jaque a espera de refuerzos, cuando aquel ser, como si estuviera fundido a su caballo, cabalgó directo al frente austriaco. No solo burló sus balas y sables, cruzó sin miedos hacia el frente, en el cual desapareció al horizonte. Para el final de la reyerta y con los refuerzos arribando, lo daba por muerto, maldecia su locura y arengaba a mis hombres a jamás intentar una locura como esa.
Cuando como ángel de la guerra, Lasalle volvió a envestir el solo a la vanguardia austriaca, cruzar y reunirse con nosotros. Ante mis gritos de reproches, con una voz calmada y mirada firme se acercó hacia mí, sacando un broche de oro de sus pertenencias, me dejó en claro que había ido a visitar a una joven marquesa italiana, con la cual había consumado su amor en aquellas horas agobiantes de lucha. Más que encararlo y someterlo a una dura pena marcial, caí ante la crin de mi corcel envuelto en risas, risas que pronto se propagaron en los hombres de la unidad. Lasalle había quedado serio y perplejo ante mi reacción, pero no podía dejar de reír. Lo básico y lo natural de nosotros los hombres. Aquel cretino podía haber caído muerto de forma tan absurda por la necesidad de mantener relaciones sexuales con aquella joven de la realeza. Sin dudas, Lasalle estaba loco, o quizás algo más.
Lo comprobé ante el bombardeo ruso por las cercanías helvéticas, dónde se ensañó con un pelotón de húsares que habían huido del fuego eslavo. Los mantuvo horas bajo el intenso pujar de los cañones rusos, por aquella grave falta. Llegué tarde a aquel enfrentamiento, pero los hombres que en aquella oportunidad querían huir, se convirtieron en la Brigada Infernal. Una fuerza de élite entre los húsares franceses que pelearon en las Pirámides, Ulm y la gloriosa Austerlitz. Seguían sin miedo a aquel hombre, que cuando desenvainaba su sable, hubiera hecho temblar al mismísimo Dios. O como en ocasiones comparé en burla, Lasalle era Satanás en la Tierra. Comparación que muchos vieron plausible tras su artimaña ante la temida guarnición prusiana de Stettin. Dónde el rufianesco húsar, engañó a más de cinco mil hombres con la mentira elaborada de que su pequeña fuerza de caballería, unos 500 húsares tal vez, eran acompañados por la poderosa fuerza de los Mariscales Lanes y Murat, poco faltó a los germanos salir corriendo hacia Berlín.
Iba comprendiendo cada vez más, la magnitud del pensamiento de Lasalle. La cual poseía como si no fuera poco, una estela romántica. Tal se tratase de una novela de aventuras con una gran carga de romance vinculado, Lasalle escribía a su esposa. Aquella mujer que rompió el corazón del Mariscal Berthier, pero que encadenó el corazón del intrépido general. El cual dedicaba continuas cartas dónde expresaba que su corazón siempre le pertenecería a ella, su sangre al emperador y su vida al honor. Oh en aquella celebre cita que nos confiaba antes de cada batalla, “te amo mujer como el humo al tabaco y el desorden a la guerra”
Sería en aquellos momentos de gloria, que el aciago destino tocaría a su puerta. Seguro y confiado de la vida, Lasalle pronunció su maldición anunciada. Cómo predicción y profecía de lo que representaba su vida, tal como la vivió. “Cualquier húsar que no esté muerto a los 30 años es un jeanfoutre” un vil indigno, que jamás entendió lo que era el significado de la vida y la guerra. Su maleficio se cumplió y cuando rondaba los treinta y tres años de edad y yo solo los treinta. En medio de la carnicería bélica que se torno el campo de batalla de Wagram, las fuerzas del emperador estaban en desventaja, solo un milagro de alcanzar a aguantar más tiempo por los refuerzos, nos daría la victoria ante nuestros enemigos. Fue donde aquel general, el apuesto, el arrogante, el audaz, el extravagante, ingenioso y arquetipo perfecto de húsar, vio el momento de oro, para sellar sus cuentas con la gloria en vida.
Con su Brigada Infernal al frente, se arrojó en una épica carga final. Mis ojos atestiguaron algo que muy pocos hombres en la fas de la tierra han visto. La valentía y la voluntad humana en todo su esplendor. La seguridad, la gallardía y la convicción eterna de vivir siendo libre bajo tus propios conceptos. La verdad definitiva de que no hay un Dios, hay hombres. Su cuerpo cayó en medio de las balas enemigas, coincidiendo ante el arribo triunfal de los refuerzos que culminaron en nuestra anhelada victoria. Tuve la desdicha de encontrar su cuerpo y velarlo por horas, sabiendo que había peleado en su última batalla, una carga que en mi subconsciente solo me anunciaba, que algún día, no muy lejano, la humanidad librará una última carga contra sus miedos y se fundirá en la gloria de la verdad perpetúa, de que no existen dioses o seres omnipotentes, sino un solo espíritu, el espíritu humano.