Teníamos pendiente hablar un poquito de la música contenida en la flor del té y eso haremos. Pero para que sepamos apreciarla debemos pararnos antes en lo que la propia música es. En mi caso, recuerdo a mi profesora escribirla decididamente en la pizarra. La música es la ordenación de los sonidos en el tiempo.
Sin estar del todo de acuerdo, nos agarraremos a esta sencilla definición para nuestro propósito, porque ¿no sería del mismo modo un ritual una sucesión de acciones desarrolladas en el tiempo?, ¿no implicarían estas acciones el nacimiento sucesivo y previsible de determinados sonidos y silencios?
Nos imaginamos la escena. Alguien sale de casa para recoger agua del arroyo en el que se refleja la Luna y las acerca, ambas, a la acción del fuego. Junto a ellas las tiernas hojas del té, que acabarán por florecer en el agua. Sin conocer las intenciones de quien lo visita en mitad de la noche, nuestro protagonista le ofrece por la parte más bella del tazón, el té. Todo lo que puede ofrecer en tiempos de guerra. Aquél lo acoge con el estómago vacío y le da la vuelta al tazón para no manchar con la boca esa humilde y callada belleza.
Sirva esta publicación para dar un paso atrás, en este complicado y agitado momento, en la dirección correcta. En la dirección de las cosas que requieren un tiempo para desarrollar su secreta música.