El mar tiene algo que me calma… pero el atardecer tiene algo que me transforma. Hoy me senté en la orilla a ver cómo el sol se despedía y, sin querer, me encontré pensando en todo lo que he soltado para llegar hasta aquí. No todo ha sido fácil, pero cada paso me ha traído justo a este momento.
La brisa suave, el sonido del agua, el reflejo dorado en mi piel… todo eso me recordó que estoy viva y que tengo derecho a brillar también, sin miedo. A veces, sólo necesitas unos minutos de silencio con el mar para recordarte lo fuerte que eres.