Durante una gran cantidad de tiempo de mi vida, pensé que estar sólo, que la soledad o que el mero hecho de terminar en algún punto de vida sin nadie a mí alrededor sería de las peores cosas que pudiera sucederme en la vida. Después de una serie de situaciones que me han sucedido en la vida, sumada a la inteligencia que sólo los años y la experiencias te dan, varias de esas cosas han cambiado. De hecho, el terror a la soledad no es algo que sólo me ocurra a mí; es muy común, y muy socialmente evitado...
Aquí, lo importante, lo trascendental es reconocer de dónde surge ese pavor... Pero retomaré esta idea más adelante. Por ahora, me concentraré en ahondar en mi reflexión y pensamientos más profundos. En cómo hallé la función positiva de estar solo, de disfrutar caminatas e ideas que antes, me generaban ansiedad, temor y paranoia. La vida puede ser muy confusa y cambiante, eso es inevitable. Lo que ayer nos definía, hoy es un mero recuerdo de algo que sencillamente ya no somos.
¿Qué quiero decir con esto? Básicamente, que como si de Epicuro o Marco Aurelio se tratase, ciertas cuestiones que me han ocurrido en el transcurso de mi vida, han diferenciado un antes y un después en cuanto a la aceptación de un estado emocional humano que es impostergable. Dicho de otro modo, en algún punto estaremos solos; mejor nos acostumbramos a esa idea cuanto antes. En mi caso, fue la ruptura de una de las relaciones más largas, y por tanto intensas que haya experimentado sentimentalmente, sumado a la muerte de mi madre años después...
Ambos eventos cambiaron radicalmente mis temores. Antes, vivía mi vida con un apego ambivalente. Alternativa episodios de ansiedad y dependencia con un síndrome de abandono terriblemente marcado. Todo se originó de mis propias carencias, traumas de la infancia en cuanto a mi relación con mi madre y también por el refugio que elegí de niña, en la literatura y el cine. Por tal motivo, idealicé ciertas cuestiones, que pensé (erróneamente) que eran compartidas universalmente. Una vez más, la inexperiencia sobre la realidad.
Contemplar lo que era, cómo pensaba y cómo imaginaba mi comprensión del mundo, sólo cambió después de eventos traumáticos, difíciles y durísimos: la pérdida, fue el disparador de la modificación de mi ser. Así como indica la milenaria enseñanza de los filósofos estoicos, la dureza intrínseca de la vida misma, trastoca lo que creíamos como una realidad perfecta... Siendo un poco más crítico, concuerdo en que no debería llegar a un punto tan transformador para mejorar pero a veces toca aprender por "las malas".
Mi viaje personal, es como el de todos. Nacemos, crecemos, experimentamos y fundamentamos ciertas cosas que marcan determinadas cuestiones muy dentro de nosotros. Si algo he aprendido, entonces, es realmente ser más balanceado. Mi crecimiento personal ha pasado por la comprensión que sólo la soledad te brinda. No me he radicalizado. Que es algo muy común en personas que al experimentar dolor, entiende mal lo que les ha sucedido. Todo lo contrario, matizar errores propios, modificar conductas y sobre todo desaprender errores es la clave.
Por cierto, las fotografías, desde mi perspectiva, muestran en parte una caminata que siempre hago semanalmente para despejar la cabeza y disfrutar de un hobby como es capturar la cotidianidad y la normalidad. Son imágenes que evidencian la soledad de algo común, la calle, un camino, un parque. En definitiva, la soledad como un estado natural de la vida, al cual el miedo debería no existir. Si bien somos animales sociales, como dijo Aristóteles, no menos cierto es que la contemplación y la inteligencia provienen de un estado de soledad, de reflexión, de profundo pensamiento... Somos complejos, como el mero hecho de pensar. Y yo estoy lejos de la perfección, y me gusta que así sea.