El problema con el exceso de optimismo [ESP]

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Hay algo que me incomoda profundamente del exceso de optimismo, y no es la esperanza en sí misma, sino esa facilidad con la que podemos confundir nuestros deseos con una descripción razonable de la realidad. A veces pienso que tiene mucho que ver con los ciclos culturales, con esa costumbre de convertir las necesidades de una época en las convicciones de quienes la habitan. Cada generación parece encontrar una manera distinta de interpretar el mundo, aunque no siempre tenga mejores razones para hacerlo. Hay épocas que se refugian en la religión, otras en el progreso, otras en el individualismo, y también están las que convierten el pensamiento positivo en una especie de obligación moral. No basta con vivir, parece que también hay que creer que todo mejorará. Y entiendo por qué ocurre. Imaginar un porvenir favorable puede ser necesario para soportar el presente, pero una cosa es necesitar una ilusión y otra muy distinta es atribuirle probabilidades que no sabemos si tiene. La inteligencia humana puede proyectar posibilidades extraordinarias, pero eso no significa que la realidad esté obligada a concedernos alguna de ellas. El problema comienza cuando dejamos de distinguir entre lo que deseamos, lo que podemos conseguir y lo que probablemente sucederá.

Una de las frases que más me molestan es esa de que no soy ciudadano de ningún lugar, sino ciudadano del mundo. No consigo tomarla demasiado en serio. Entiendo la intención detrás de ella, la voluntad de superar fronteras, rechazar nacionalismos y reconocernos como parte de una humanidad compartida. Todo eso puede tener valor. Lo que no tiene sentido es confundir una aspiración moral con una condición real. No existe una ciudadanía universal que nos coloque a todos en igualdad de circunstancias, ni una cultura mundial homogénea en la que nuestras diferencias hayan dejado de importar. Existen países, fronteras, idiomas, leyes, tradiciones y condiciones materiales que determinan buena parte de nuestras vidas, incluso cuando preferimos ignorarlas. Dentro de un mismo país pueden convivir culturas distintas, pero esa convivencia tampoco garantiza que todas tengan la misma influencia o capacidad para imponerse. A veces una domina, otra resiste y otra termina desapareciendo. Podemos discutir si eso es bueno, malo, inevitable o injusto, pero no podemos borrar el fenómeno porque nuestra idea de humanidad sea más bonita sin él. Algo parecido sucede con el optimismo: una cosa es imaginar el mundo que nos gustaría habitar y otra es describir el mundo en el que realmente vivimos.

Quizá lo que más me interesa cuestionar sea esa tendencia a comportarnos como si la existencia nos debiera algo. Como si el universo tuviera alguna responsabilidad con nuestros proyectos, nuestra felicidad o nuestras expectativas. No hablo de abandonar cualquier aspiración ni de aceptar pasivamente las injusticias que podemos cambiar. Hablo de reconocer que no existe una garantía exterior que nos prometa un desenlace favorable. Desde el punto de vista biológico, la evolución no trabaja para hacernos felices; no tiene un propósito moral ni una preferencia por nuestras aspiraciones. Desde el punto de vista filosófico, tampoco encuentro razones para asumir que la vida posee una deuda pendiente con nosotros. Podemos construir valores, establecer compromisos y luchar por condiciones más dignas, pero esas cosas nacen de nuestra experiencia y de nuestra capacidad para intervenir en el mundo. No son regalos que el mundo nos haya prometido. Me parece que hay cierta honestidad en admitirlo, aunque resulte incómodo. También hay algo liberador en dejar de esperar que la realidad confirme nuestras expectativas. No necesitamos creer que todo saldrá bien para tener motivos para intentarlo.

Hace poco recordé el calendario cósmico popularizado por Carl Sagan, esa representación en la que la historia del universo se comprime en un solo año para que podamos dimensionar nuestra posición en el tiempo. Si sus aproximadamente 13.800 millones de años ocupan los 365 días del calendario, la existencia de nuestra especie apenas aparece al final, durante los últimos minutos del 31 de diciembre. Una vida humana de varias décadas ocuparía una fracción diminuta de ese último tramo, prácticamente imperceptible en la escala completa. La cifra exacta depende de las fechas y los criterios que utilicemos, pero la idea permanece: nuestra presencia es extraordinariamente breve. No interpreto esto como una demostración de que nuestras vidas carezcan de valor. Sería absurdo confundir la insignificancia temporal con la insignificancia emocional. Lo que amamos, sufrimos y construimos importa dentro de nuestras relaciones y de la experiencia que compartimos. Sin embargo, esa perspectiva sí me obliga a desconfiar un poco del antropocentrismo, de nuestra facilidad para tratar cada acontecimiento como si tuviera una importancia absoluta simplemente porque nos afecta. El universo no necesita reconocernos para existir, ni nuestras preocupaciones alteran necesariamente el curso de las cosas. Aceptar esa desproporción no nos vuelve menos humanos. Quizá nos permita serlo sin tanta arrogancia.

Al final, no quiero sustituir el optimismo por el pesimismo, como si fueran las únicas dos posiciones disponibles. Me interesa más la posibilidad de mirar las cosas sin añadirles una promesa que no contienen, sin convertir cada dificultad en una lección destinada a hacernos mejores ni cada expectativa en una señal de que el futuro nos reserva algo especial. Hay circunstancias que mejoran y otras que empeoran, proyectos que prosperan y otros que fracasan por razones que no siempre dependen de nosotros. Reconocerlo no exige renunciar a la esperanza, sino dejar de tratarla como una prueba. Puedo desear un mundo mejor sin asumir que avanzamos inevitablemente hacia él. Puedo trabajar por una vida más digna sin imaginar que el esfuerzo siempre será recompensado. Incluso puedo encontrar belleza en la existencia sin creer que fue organizada para ofrecérmela. Tal vez el problema no sea tener demasiado optimismo, sino perder la capacidad de medirlo, de preguntarnos qué lo sostiene y cuánto de él proviene de los hechos o de nuestras necesidades emocionales. No todo tiene que ser terrible, pero tampoco todo tiene que conducir a algo maravilloso. La realidad no está obligada a ajustarse a ninguna de esas dos narrativas. Y aunque aceptar esa idea no siempre resulte agradable, prefiero vivir con esa incomodidad antes que confundir lo que necesito creer con lo que tengo razones para esperar.

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