Desde niña soñó con darle vida al barro y descubrir lo oculto en el interior de las piedras. La fuerza de la ambición hizo que franqueara fronteras en pos de cumplir sus deseos y en ese recorrido se encontró con el hombre, el maestro, su Dios. En las manos del artista, como masa que se modela, tomó forma de mujer y desde ese momento saciaría todas sus demandas. Nada temía. Se entregó completa, absoluta. Su talento se fue ahogando en el ardor tierno de su mansedumbre y cegada de pasión no vio cómo El Gigante crecía hasta aplastarle cada sueño. Furtivamente robaba su talento y ella seguía haciéndose mujer sólo bajo la elevada mirada de su ídolo.
Cansada, vio al hombre, ya no maestro, ya no Dios, vio a Rodin desvestido de idealizaciones y se sintió libre de él, pero ya era demasiado tarde, delirante y vacía de tanto amar, Camille-Claudel se convertía en leyenda dentro del sanatorio de Montdevergues.
Cecilia Dávila Dugarte
20 de mayo de 2002