Carlos, me decía ella; y algunas veces eso era todo. No importaba sin embargo porque así de poco era necesario para que las palabras pronunciadas por sus labios me hicieran feliz.
La mayor parte de las veces no obstante también decía algo más y entonces íbamos al cine, a la cafetería o simplemente a dar vueltas por la ciudad.
Yo siempre me prometía a mí mismo, antes de salir con ella, que esta vez sí le iba a tomar la mano para ver lo que pasaba, para descubrir si ella también me quería, pero durante mucho tiempo no me atreví; porque el sólo pensar que pudiera rechazarme era suficiente para no intentarlo aún a pesar de mi promesa de hacerlo.
Un día, ese día feliz todavía en mi recuerdo, sin embargo lo hice; y ella no dijo no ni dijo sí sino que guardó simplemente silencio.
Hasta ahora el silencio más hermoso que he conocido porque después, y todavía tomados de la mano, continuamos, aún en silencio, caminando. Hasta que el sonido de un beso rompió aquel silencio. Desde entonces sé que soy hombre.