El día comenzó con un cielo encapotado, de esos que anuncian desde temprano que la lluvia será parte del paisaje. Las primeras gotas cayeron discretas, pero pronto se convirtieron en un aguacero constante que pintó de gris cada rincón de la ciudad. Las calles, mojadas y brillantes, reflejaban las luces de los semáforos y los faros de los autos atrapados en el tráfico matutino. Los cláxones se mezclaban con el sonido rítmico de las gotas sobre los techos y el vaivén de los limpiaparabrisas.
La gente salía apurada de sus casas, paraguas en mano, abrigos cerrados hasta el cuello, desafiando el frío y la humedad con pasos apresurados. Algunos caminaban rumbo a sus trabajos, esquivando charcos y evitando salpicaduras de los coches que pasaban a toda velocidad. Otros salían de las escuelas, con uniformes húmedos, risas tímidas y las mochilas protegidas bajo sudaderas o bolsas improvisadas. Los vendedores ambulantes cubrían sus puestos con lonas mientras el olor a café y pan caliente escapaba por las puertas entreabiertas de las cafeterías.
Era un día común, sí, pero la lluvia lo envolvía todo en una especie de pausa melancólica, en la que el mundo seguía su curso pero más lento, más consciente. A pesar del caos, había belleza en la sincronía de lo cotidiano: en los pasos cruzando la calle, en el vapor saliendo de las alcantarillas, en las gotas cayendo sobre el parabrisas mientras alguien, desde dentro de su auto, miraba cómo el día transcurría mojado pero vivo. Era uno de esos días donde el clima no solo se sentía, sino que se escuchaba, se olía y, sobre todo, se observaba.
FUENTES camara: Oppo reno 11