Todo se termina en cualquier momento, no importa en lo que se crea, así pensemos que todo va a mantenerse en el tiempo, y por más que nos preparemos para la inmortalidad, pronto viene el tiempo, el deterioro, el polvo y la muerte a mostrarnos esa realidad, y eso lo comprobó la familia Terán.
Los Terán se mudaron al pueblo de Miramar. Era todo lo que Mirian y Juan Alberto habían querido, pues quedaba cerca del mar y, aparte, tenía todo lo necesario cerca: escuela, mercados, un pequeño hospital, junto a sus dos niños de 7 y 10 años. Llegaron y de una vez empezaron a acondicionar su casita a su gusto y manera; tenían cómo remodelarla, ya que la consiguieron a muy buen precio.
Habian invertido todos sus ahorros, asi es que se dieron todos los gustos que pudieron, compraron una vajilla de barro hermosa y aquella original muñeca indígena de paja con sus hermosos colores, que les quedaba perfecta en su mecedora. La vida iba de maravillas, los niños felices en su escuela, ellos pronto se adaptaron al rirmo de vida de los lugareños Juan Alberto trabajando en su pequeño conuco y Mirian vendiendo sus dulces.
Los años fueron pasando, y la casa se fue llenando de vida, de sus energias, de sus alegrias, de sus tristezas. La casa iba cambiando como si fuera tomando de cada uno sus sentimientos; en esa epoca la casa era luminosidad generalmente provocaba estar y quienes la visitaban, se quedaban gratamente impresionados.
Todo en ella parecía tener personalidad propia: las paredes, los muebles, los cubiertos, hasta aquella vajilla de barro donde tantas veces comió la familia. Incluso la vieja muñeca de paja había sido testigo de las muchas risas de los niños que ya hoy en día eran unos adultos... Ya se habían ido de casa a hacer sus propias vidas y ahora Juan, Alberto y Mirian vivían entre sus recuerdos con unos cuantos años más...
La casa se percibía serena, como si permaneciera en una constante nostalgia, triste pero serena. Los Terán trataron de mantener todas sus cosas, pero por más que intentaron, las fuerzas y las energías ya eran pocas. Sin apenas notarlo, el polvo y la suciedad se fueron instalando en los colores, descascarándose la pintura, yéndose el color de sus paredes, de los cuadros...
Poco a poco en el pueblo empezaron a verlos cada vez menos hasta que un día dejaron de verlos. Había ocurrido lo inevitable: los Terán habían fallecido juntos en su cama como si se hubieran puesto de acuerdo. En el pueblo pronto el rumor se corrió como pólvora; hablaban de "La casa que hablaba", pues se rumoraba que, después de que la pareja Terán murió, la casa quedó cerrada, pero siempre los curiosos que se asomaban entre sus ventanas juraban que oían el mecer de la mecedora con su muñeca y el tintinear de la vajilla.
Y si te acercabas un poco más, podías oír los ecos de las risas de la familia; todo esto sucedía mientras aquella casa que tanto amor y vida había recibido poco a poco iba quedando en ruinas mientras en los habitantes del pueblo nacía una nueva leyenda, " La Casa que hablaba".



Esta es mi participación en Concurso de minicuentos en honor al maestro Juan Rulfo, ¡Saludos mis queridos amigos!


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