El diezmo se ha considerado por siglos, desde la perspectiva evangélica, como una práctica sagrada e incuestionable. La palabra diezmo significa, como bien sabemos, una décima parte. La ley de Moisés. Contextualizó el diezmo (Levíticos 27:30-33) de una práctica que en Génesis aparece como voluntaria. Los Israelitas debían por obligación y mandato ofrendar y diezmar de todo lo que producían. Por ejemplo, diezmar de los animales, la cosecha, los frutos, etc., y los levitas que recibían el diezmo del pueblo debían también ofrendar a Dios el diezmo de todo lo recibido.
Desde una perspectiva del Nuevo Testamento el creyente no está bajo la ley de Moisés sino bajo el espíritu de su ley. Decir que no se debe obligar a nadie a dar ofrendas ó diezmos, no es absolutamente cierto. Toda persona en el Antiguo Testamento era llamada a ofrendar, pero no todos eran llamados a diezmar.
Tristemente hay que reconocer que usualmente las iglesias que más reciben diezmo son aquellas en las que se enseña a hacer trueque con Dios. “Siembre hoy y el Señor le prosperará más mañana.” Esta Teología de la Prosperidad es una herejía, pues enseña que Dios está obligado a bendecir a aquellos que le tuercen el brazo.
Si en su iglesia, de forma directa o indirecta, le hacen sentir culpable si no paga el diezmo, o le dicen que es obligatorio diezmar, su iglesia podría estar practicando una estafa. El diezmo era una práctica obligatoria en el Antiguo Testamento, no así en el Nuevo Testamento. Cristo, y su cuerpo, la Iglesia, son ahora el nuevo templo. Este templo no requiere de diezmos. Los creyentes deben dar ofrendas generosas y voluntarias, pero no se les puede exigir diezmar como algo obligatorio.
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