Tres y curto

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Parte 2

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imagen 1

15:15

Me dispuse a sentarme en el sillón aterciopelado color verde esmeralda (que estaba) a unos pasos de mí, en verdad era cómodo y al parecer era el favorito de Margaret, lo supuse por los bordes desgastados más prominentes y visibles en este que en cualquiera de los otros.
Me sumergí por un momento en Alicia en el país de las maravillas, el hilo narrativo me tenía divertidamente atrapado cuando un ensordecedor rugido golpeo sobre el techo, interrumpiendo mi película mental, escupiéndome abruptamente a la realidad, - ¿magui?, ¿Margaret estas bien? -, anuncie con voz alarmada y eufórica, en el tono suficiente para ser escuchado donde quiera que estuviera magui, pero no hubo respuesta, el reloj marcaba las 15:15, se desato un silencio profundo e inusual, uno que me dejaba escuchar mis propias palpitaciones cardiacas. Me levanté con intriga y pensé subir al piso de arriba cuando presintiendo mis intenciones su voz me detuvo como una barrera invisible, - ¡sí!, dame unos minutos -. La tranquilidad volvió a mí, aunque no la concentración para seguir leyendo, iba a colocar el libro en la mesita buro de un lado, pero estaba ocupada, una taza de té a medio tomar aún tibia, no era necesario ser un prolífico detective, para saber lo que estaba haciendo Margaret cuando llegue a interrumpir su preciado sosiego, ¿en qué estarías pensando?, ¿qué estarías viendo?, me asalto la vaga y remota curiosidad, deje el libro sobre mi regazo, y perdí la vista por un momento en la nada, absorto en mis pensamientos abandone la mirada a la deriva, las cortinas con flequillos de encaje, la chimenea, el jarrón metálico sobre la chimenea, los candelabros de cristal que colgaban del techo, me levante y volví a poner mi mirada en ¿el jarrón metálico sobre la chimenea?, ¡pero que novedad! me acerque para mirarlo de cerca, tenía unas inscripciones en relieve casi invisibles que solo podían revelarse mirando meticulosamente: “en memoria de Baltazar Williams.”

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imagen 2

Entonces comprendí que no era un jarrón decorativo o un trofeo, era algo más sencillo y macabro, una urna funeraria vacía, eso no lo hacía menos inquietante ahora no solo era macabro si no también desconcertante.

  • Veo que te quedaste atrapado en mis figuras de porcelana viejas -. volvió a irrumpir a mis espaldas, pero esta vez me sentí aliviado de que lo hiciera, de que estuviera ahí.
  • creo que son interesantes, a decir verdad, yo... - volteé para encontrarme con ella y quedé cautivado una vez más. – yo creo que te vez hermosa -. Traía puesto un vestido de algodón azul, entallado de la parte superior y ampón en la falda, su cabello de matices rubios y canas beige, se ensortijaba en bucles sujetados con horquillas, sus labios pintados de carmín sonreían en común armonía con toda ella, bajaba las escaleras avanzando hacia mí. - ¡estoy lista! – proclamo sin titubeos, con absoluta seguridad y convicción que hasta me sentí un poco intimidado, pero no di muestra de ello.
  • Por supuesto - extendí mi mano a la espera de la suya, se entrelazo en mi brazo y caminamos hasta la puerta, mire el reloj que antes me había desquiciado un poco y para mi asombro seguían siendo las 15:15.
    Salimos hasta el jardín, una alfombra natural de verde brillante se extendía cubriéndolo todo, la vida del césped se negaba a marchitar, hojarasca de maple salpicada de naranja y marrón se dispersaba por nuestro camino y crujía bajo nuestros pies, el tierno susurro del viento otoñal agitaba las copas arreboladas de los árboles, el sol extendía sus cálidos destellos dorados acariciando nuestra piel, más adelante, en nuestro camino se imponía un rustico gazebo adosado con columnas de madera burdamente talladas, en el centro una banquita.

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imagen 3

El lugar perfecto para ver el atardecer, el ensoñado refugio de los enamorados, aunque ya no había tiempo.
-Ven cariño, vamos a sentarnos solo unos minutos ahí, después continuamos-. Insistió magui con vehemencia. Como negarme a ver el atardecer junto a ella, a decir verdad, yo también lo deseaba. Sentados ahí el sol de cobre liquido parecía derretirse frente a nosotros, un sentimiento de paz reinaba, no había prisa, no había inquietudes, ni prejuicios. Solo ella, yo y la eternidad penetrando el tiempo de los mortales en un ocaso inmarcesible.

  • ¿Qué hay más allá del sol? - pregunto, como una niña pregunta a su padre con total inocencia, y dispuesta a creer lo que le digas, sin importar que sea.
  • un océano infinito de sueños... - sugerí
    Me abrazo y se acurruco a mi lado sobre mi pecho; mis brazos inherentes la rodearon. el olor a dulces florecillas que emanaba de ella era cautivador.
  • Sabes me siento cansada, - suspiro e hizo una larga y silenciosa pausa, volteé a verla, sus ojitos se sumían, Crecimos, nos equivocamos y aprendimos. Parecía que el tiempo no había pasado seguía siendo ella, seguía su esencia, eso que la hacía única. ¡De verdad eras tú!
  • creo que el tiempo se va volando, más rápido de lo que creemos- continuo.
  • sospecho que esta tarde el tiempo se detuvo - repique
    – ¡pues entonces no te vayas!, vamos a quedarnos aquí – suplicaba
  • Si es un agradable lugar para quedarme a tu lado- hablábamos sin despegar la vista del horizonte.
  • ¿me lo prometes Baltazar Williams? -,
  • ¡si por supuesto, mi cielo! - y Margaret durmió a mi lado.
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