Esa noche de luna llena, ella, en un ritual de magia negra, le despojaría de su inmortalidad para convertirle nuevamente en el deleznable ser humano que una vez fue.
Dejar de experimentar el dolor perenne al despedir una y otra vez a sus afectos cuando cruzaban el umbral de la muerte, sentir como la vejez le alejaba de los pocos que se atrevían a frecuentarlo y que le censuraban con la mirada su eterna lozanía.
Enamorarse, besar a su amada sin sentir la urgente necesidad de saciarse con el vital líquido pulsante de su cuello, tener hijos, ¿Por qué no? Paradójicamente, todo era posible ahora en el finito destino humano que le esperaba.
Una extraña mezcla de olores se percibía. Las murmuraciones y las burlas camufladas de los otros vampiros también.
Todos lo miraban con desprecio, su debilidad manifiesta dejaba al descubierto sus propias inseguridades y frustraciones.
La ceremonia se fundamentaba en la toma de una pócima mal oliente mientras la misteriosa mujer de nariz angulosa y mirada imperturbable recitaba unos mantras en un lenguaje desconocido.
Mario tomó un sorbo y suspiró al cerrar los ojos, mientras una imprevista oscuridad irrumpió en el salón unos segundos para luego dejar al descubierto su maltrecho cuerpo atravesado por una enorme espada de plata. La traición a la estirpe no podía tener otro precio.
Ese día Mario perdió su inmortalidad para mutar a un alma en pena. Su condena fue vagar en la eternidad en forma de éter siendo su sed de sangre su única acompañante.
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