Fabiola, 32 años, se levantaba todos los días con una sonrisa, así daba los buenos días al astro rey el sol. Su trabajo; era cuidar a sus tres niños y mantener su hogar lleno de amor. Ella se encargaba de fomentar valores, enseñar humildad y sencillez.
La casa no era muy grande, pero era perfecta con solo la presencia de esta mujer, su esposo Fausto trabajaba en una fábrica de bolsas a dos cuadras de donde vivían y siempre regresaba a las 12:30 para almorzar y compartir con su pequeña familia.
Al principio la pareja de esposos tuvieron muchos problemas, pero gracias a la paciencia e inteligencia de Fabiola lograron resolver el asunto. Fausto comprendió que su mujer lo amaba y estaba dispuesta a todo por salvar la relación, así que le prometió con un arreglo de flores que todos los días de su vida construirían el amor, basándose en el respeto y la comunicación.
Tenían un sueño en común, deseaban comprar una casa en otro lugar, ya que donde vivían no era adecuado, había delincuencia, y venta de estupefacientes. Las canchas del barrio servían para atracos, extorsiones y un sin fin de delitos, todo esto causaba temor en los padres quienes evitaban en lo posible que los niños salieran a jugar al aire libre.
Sin embargo eran agradecido con Dios por todo lo que tenían y no habían quejas, disfrutaban, eran felices.
Tener intimidad era un poco complicado, la casita solo tenía una habitación y todos dormían juntos; pero cuando los niños se iban un fin de semana con su abuela consuelo, aprovechaban para regalarse una luna de miel muy dulce.
El tiempo transcurría en armonía, amor y risas.
Después de dos meses sin agua, la tubería comenzó hacer ruido y esto despertó a Fabiola la cual saltó de alegría a recoger el vital líquido, pensó que tenía que encender la pequeña lavadora y lavar todo, ese día no se salvarían ni las cortinas. Fausto le insistía y la invitaba a volver a la cama era muy temprano y le repetía que el agua duraría todo el día, pero ella siguió trabajando como buena ama de casa, preparó el desayuno y los llamo a todos a comer. Los niños comentaban que en la escuela un niño se había caído y golpeado la cabeza, luego Fausto habló sobre la nueva maquinaria que llegaría a la fábrica; Fabiola observaba con amor y felicidad a su familia hasta que de su ojo derecho sobresalió un fina y brillante lagrima.
―Que te pasa mi cielo, ¿por qué de pronto te noto triste? ―pregunto Fausto.
―Nada mi vida, cosas mías no te preocupes, ―respondió ella y agregó: estoy feliz por tenerlos a ustedes tres, es lo mejor que me ha pasado, los amo mis amores, podría elegirlos una y mil veces de ser necesario, yo siempre los cuidaré esté donde esté voy a protegerlos. Ahora debo seguir lavando, no olviden recoger los platos, los quiero muchísimo de aquí al sol.
Pero... El destino a veces es cruel, hace jugadas que toma por sorpresa hasta el más despabilado.
Fausto lavaba los platos, y cantaba con sus hijos la iguana toma café, ¡de pronto! Escucha un golpe al fondo de su casa, todos salieron a ver...
Tristemente la muerte toco a la puerta y Fabiola abrió.
Allí estaba ella, tirada en el pavimento con su cabeza flotando en un charco de sangre, su familia ahogada en llanto pedían auxilio: ¡ayúdennos! Pero no había nada que hacer, a Fabiola esa mañana le habían apagado la sonrisa.
Alguien preguntó ¿qué pasó? Una bala perdida cayó en su cabeza no sufrió respondía un muchacho blanco como el papel.