Por supuesto, ella era la única que podía verlo.
Aquella noche de noviembre Edward Russell, su joven vecino que residía enfrente de su casa, estaba practicando con su instrumento más de lo habitual. Alix, desde la ventana de la biblioteca, siempre lo espiaba, observaba exhaustivamente sus acciones en el elegante salón decorado con cuadros de paisajes y un magnífico piano negro mate que relucía. Pero aquella ocasión fue bastante curiosa, después de que el maestro de música se marchara y lo dejara solo, el estudiante no se detuvo, parecía enfadado y sus dedos se movían con mayor rapidez.
Para ella resultaba extraño verle hacer esos movimientos tan bruscos como si intentara machacar cada tecla, de hecho sus melodías suaves, llenas de ternura, que parecían acompañadas de un coro de ángeles celestiales esta vez sonaban demoniacas y causaban angustia en su corazón. Edward tocó sin parar, era como un concierto gratuito para alguien que nunca podría volver a escucharle igual. Alix se sintió preocupada a pesar de que nunca habían cruzado palabra alguna, lo conocía un poco a través de esa ventana y se daba cuenta de que algo malo le sucedía, no era normal, lastimarse haciendo música hasta romperse todos los huesos del cuerpo.
Cuando el reloj indicó las cinco de la mañana, el joven se detuvo abruptamente, luego desabrocho desesperadamente los primeros botones de su abrigo hasta dejar libre su cuello. Y de nuevo se colocó en posición, esta vez una melodía más tranquila y gótica resonó por todo el lugar, pero algo iba mal, Edward abrió la boca como buscando oxígeno para sus pulmones. En ese momento se giró y la miró, ella notó sus ojos rojos llenos de lágrimas y desesperación, las notas musicales comenzaron a ralentizarse cada vez más, Edward sin evitar el contacto visual con Alix sonrió con ternura y se derrumbó bajo su mirada.
En medio de los truenos y relámpagos que parecían quebrar el cielo, la chica lloraba a gritos, estaba petrificada, no tenía fuerzas para mover su silla de ruedas, pero tenía que socorrerle, se había vuelto especial. Consiguió llegar a las escaleras y volvió a gritar con la esperanza de que alguien pudiera oírla, pero nadie apareció, quizás los ruidos producidos por la tormenta distorsionaban sus gritos. Entonces con la ayuda de sus manos bajó torpemente la pierna izquierda del reposapiés, luego la derecha y sin dudarlo se impulsó hasta el suelo, pudo sentarse en el escalón, alcanzó la silla y la hizo caer, seguidamente comenzó a arrastrarse intentando descender, pero todo salió mal y rodó.
Lo último que Alix oyó y vio aquel fatídico noviembre fue la sirena y las luces de las ambulancias, dos personas que sacaban de la casa Russell, una camilla con un cuerpo encima cubierto por una sábana blanca y una puerta que se cerraba y obstruía su visión hasta que todo se volvió borroso y negro.
Estuvo ingresada en el hospital durante ocho meses. El impacto en la cabeza le produjo una inflamación en la región cerebral, por lo que los médicos y su familia decidieron que lo mejor para ella era inducirle un coma. Sin embargo, cuando despertó no hubo complicaciones, por lo que su recuperación fue rápida y satisfactoria.
La primera acción que efectuó al arribar a su hogar fue dirigir su silla de ruedas hasta la biblioteca y ubicarse en proximidad de la ventana, pues se negaba a creer que Edward ya no existiera. Desde allí la casa Russell parecía desierta, el salón estaba desocupado, sucio y las hojas secas se movían libremente por el suelo. Una gran tristeza se apoderó de su corazón y echó de menos la música y su presencia, esa noche se acostó temprano y aunque le costó conciliar el sueño, se durmió pensando en lo injusto que era la muerte, en lo cobarde y tonta que había sido por no buscar la forma de levantar la mano y saludarle cada vez que él se percataba que le observaba tocar el piano.
De forma inesperada, las cortinas se vieron afectadas por una extraña y fría brisa, Alix abrió los ojos lentamente mientras de fondo se oía la triste y ligera melodía de un piano que aumentaba a medida que pasaban los segundos. Ella, haciendo un esfuerzo sobrehumano para mover su cuerpo de la cama a la silla, pudo volver a la biblioteca y allí estaba él como un hermoso príncipe de un cuento de terror, realizando sus finos vaivenes tocando su canción favorita. En lugar de dejarse llevar por el pánico, la chica intentó ponerse en pie agarrándose a los bordes de la ventana y una gran sonrisa se dibujó en su rostro.
Al concluir la exquisita pieza, Edward miró a Alix y le dedicó una espléndida sonrisa, ella correspondió el gesto levantando la mano y luego aplaudiendo. De esta forma se inició una extraña e inexplicable ensoñación entre ambos. Ella era feliz teniéndole, aunque sabía que nunca podría sentir el calor de un abrazo suyo, no importaba, cada noche le escuchaba con atención y admiración, se había convertido en una especie de amor imposible, pero era un amor puro y verdadero. Él también parecía feliz de tocar únicamente para ella, estaba enamorado de su existencia, de su belleza y de su bondad.
Sí, Alix era la única que podía verle y estaba dispuesta a envejecer en esa ventana. Edward era un espectro que se negaba a descansar y a abandonarla.