A su alrededor nada bueno, un entorno hostil era contemplado con tristeza, por un hombre sentado en el acantilado. Entonces se levanta y camina, se agacha y casi escondida bajo la hierba seca la descubre. ¿Qué haces aquí, preciosa? se preguntó. ¿Cómo has podido sobrevivir en este lugar? Emiliano observó aquella maravilla con los ojos brillando intensamente. No encontraba respuestas a tales preguntas, pero no le importaba porque lo principal era descubrir la voluntad o la fuerza que tenía esa hermosa flor para enfrentarse por sí misma a lo despiadado que podía ser aquel terreno. Emiliano se acostumbró a ir todos los días a verla, le llevaba agua y removía la hierba que la rodeaba, la veía tan frágil, pero a la vez tan fuerte, se sentía feliz y sonreía, ya no se sentía triste ni solo, porque la tenía, podía tocar sus pétalos y disfrutar su aroma y también escuchar una melodía que lo enamoraba, ¡Demonios! qué suerte tenía de haberla encontrado. Incluso se olvidó de aquel acantilado en el que se sentaba todos los días tratando de sacar fuerzas para lanzarse al abismo. Pronto comenzó a contarle a la flor su día a día, había encontrado una razón para seguir quedándose, había encontrado algo puro que le llenaba de paz y energía. Así que decidió continuar y protegerla. Pero un día, cuando iba a visitar la flor se encontró con Ángel un amigo y éste le preguntó a dónde iba, Emiliano sintiéndose inseguro comenzó a sudar y le mintió para proteger la ubicación del lugar, sin embargo Ángel lo siguió sin que se diera cuenta y se escondió detrás de una roca para descubrir lo que su amigo hacía todos los días en ese lugar. Días después Emiliano cayó enfermo debido a un virus que había en el pueblo, perdió la movilidad de sus piernas y por lo tanto no podía trasladarse hasta donde estaba su flor favorita. Aunque el tratamiento estaba haciendo efecto Emiliano se veía muy triste y su familia no entendía nada, entonces Ángel se apareció por segunda vez esa mañana y le dijo a Emiliano. —Hombre, te he traído una sorpresa que te levantará el ánimo. Emiliano sin entender mucho, accedió a cerrar los ojos y cuando escuchó: tres puedes abrirlos... vio que Ángel tenía en sus manos un pequeño vaso con agua y dentro estaba la flor que se movía como si naufragara. Emiliano horrorizado, abrió la boca y gritó ¡Qué has hecho, Ángel! Intentó levantarse de la cama y cayó al suelo, comenzó a llorar y Ángel, confundido, trató de entender qué había hecho mal. La madre de Emiliano le pidió a Ángel que se fuera, él se disculpó por lo sucedido y colocó la flor en una mesita cerca de la cama. Emiliano no dejaba de llorar y pedía perdón a la flor que empezaba a botar sus pétalos.
—¿Una sorpresa? preguntó Emiliano.
—Sí una sorpresa Emiliano, cierra los ojos y a la cuenta de tres ábrelos.
—No te mueras, no me dejes solo, prometo llevarte esta noche a donde perteneces, por favor, aguanta....
Emiliano esperó que su familia se acostara y cuando tuvo la oportunidad salió de su casa arrastrándose, porque sus piernas no eran lo suficientemente fuertes, y siguió haciéndolo hasta que llegó a donde pertenecía la flor, rápidamente la plantó de nuevo en su lugar y le pidió que por favor levantara sus pétalos y luchara. Él estaba tan cansado que después de un rato se quedó dormido. De pronto el sol comenzó a quemarle la cara, Emiliano abrió los ojos con dificultad y miró la flor, la tristeza se apoderó de él al notar que la flor estaba marchita. Entonces pasó su mano sobre ella y cayeron los últimos pétalos, las lágrimas corrieron por sus mejillas y Emiliano se arrastró hasta el acantilado y sin mirar atrás ni decir una palabra se lanzó al abismo.