Sin ninguna belleza aparente, son esos detalles los que hacen de Santa María un lugar especial. Eso y su quietud, capaz de sorprender a cualquier visitante acostumbrado a las dinámicas y urgencias típicas de la ciudad. El que pasa por sus tres calles—y créanme que soy ambicioso en llamarlas así—, no tarda en notar un raro silencio, una especie de lentitud prolongada en los ademanes y conversaciones de los santamareños, dispuestos a colocarle el membrete de persona non grata a todo el que violente su pasmosa rutina.
Rodeada por sendas lagunas, de suelo fértil para el cultivo del tabaco, llamativa por sus bosques de eucalipto, Santa María tiene poco más que ofrecer, salvo el recuerdo de un pasado próspero que parece diluirse en un presente que la castiga y no deja de poner a prueba a los que allí permanecen. “Recuerdo que antes sólo había corriente de 7:00 a 12:00 de la noche, gracias a una plantica eléctrica que Carrillo se encargaba de encender en ese horario. Nos mataban el calor y los mosquitos”, rememora Millo Barrera, uno de los pocos fundadores que aún viven. “Antes todo el pueblo estaba iluminado por farolas y en su centro había un abanico de cocoteros que mataban la sed de todo el que quisiera refrescarse”, aporta Lucas Santos, otro compadre testigo de aquellos años al parecer luminosos.
Y a esa nube de recuerdos se aferran algunos, una cortina de humo que parece disiparse ante un pueblo que se desmorona, abandonado a su suerte y al que cada vez resulta más difícil llegar. A veces creo que un pedazo de Santa María desaparece en cada una de mis visitas y que cada pérdida arrastra consigo parte del espíritu ya desgajado de su gente. Quizá es la causa por la que muchos han traspasado esa burbuja y hoy, desde otras latitudes, se limitan a hablar de ese sitio como algo sacado de un cuento.
Aun así, aunque el pueblo donde nací parezca una zona de guerra, con carreteras bombardeadas no por misiles sino por la incompetencia de los que pueden devolverle su utilidad, con nuevos rostros que desconozco y que no disimulan su extrañeza como si de un forastero se tratara, regreso con frecuencia a mi vieja casa, a esa rutina que me corre aunque no quiera, a esa tranquilidad que culpo de todo lo que le pasa a mi pueblo pero que hoy me permite emplazarla y describirla.
Macondo es real más allá de las páginas de una novela fantástica. En una dimensión así, donde todo parece irreal pero no lo es, el pueblo de Santa María confirma aquello de que hay lugares condenados a cien años de soledad, sin segundas oportunidades, apartados pero mágicos, que siempre te obligan a regresar y amarlo en su desolación.
Siempre regreso a Macondo