No hay una persona dentro de la comunidad de la Universidad Nacional Experimental de las Artes en Caracas que no lo haya visto en su esquina con un cigarro entre los labios. Su apariencia inofensiva a veces le suma más años de los que tiene. Con sus vivaces ojos de niño travieso, nadie se imaginaría que durante años dirigió un proyecto teatral internacional de la mano de la familia Kennedy. Postrado siempre junto a la misma columna, observa al mundo pasar. Mucha gente se acerca, lo saluda, comparte el humo y las historias que se le desbordan por los labios.
Trino Rojas encarna la sabiduría de muchas vidas en una sola: ha estudiado, vivido, trabajado y experimentado en todos los rincones del mundo. Nacido en Barquisimeto, empezó su carrera estudiando Biología. Una beca en la Webber Douglas Academy of Dramatic Arts lo hizo girar 180 grados y mudarse a Londres sin una libra en los bolsillos o una palabra en inglés dentro de su vocabulario. Cuatro años después se graduaba con honores, un manejo perfecto de la escena y el idioma. Es la perseverancia, y no el talento, lo que afirma Trino que hace a un artista y a cualquier profesional.
Actualmente se desempeña como profesor de voz y dicción en la UNEARTE, y es parte del renovado elenco de la resurgente Compañía de Teatro Nacional. La mayor parte de la población teatral de Caracas ha practicado con alguno de sus ejercicios vocales y lo han escuchado narrar con admiración las charlas que tuvo con Norma Aleandro, su actriz y profesora favorita. La otra mitad, probablemente lo ha visto privilegiar las tablas caraqueñas a través de la voz de algún personaje de Rengifo o Chalbaud.
Con la mirada perdida y vidriosa, recita de memoria entrevistas de Charles Chaplin y leyendas chinas. Entre susurros, también confiesa el hambre que pasa y los malos pagos que a veces ni recibe. Su ropa desvencijada es la afirmación máxima del valor que le da este país a sus maestros, a sus fuentes de conocimiento. Nunca ha dejado que esto lo abata, pero un cuerpo que es también instrumento requiere de cuidados que no está recibiendo. Su pasión por lo que hace es lo que le da la energía que debería recibir del sustento alimenticio, y su orgullo lo hace esconder el bastón que lo ayuda a caminar cuando va a una audición. Esconde bajo las tablas de su alma los desplantes de los que es víctima dentro de su propio gremio.
De los papeles que más recuerda en su trayectoria está uno que hizo cuando estuvo estudiando en Londres. A los 23 años interpretó el personaje de un padre en una pieza de Arthur Miller. Con César Rojas siempre estará agradecido por un papel en la obra “La disculpa”, basada en un hecho real ocurrido en Margarita en el que un hombre abatido por la muerte temprana de su hijo decide abrirle las puertas a la familia que formó y tanto rechazó mientras él vivía.
Trino nunca ha sido padre, pero está rodeado de hijos. Debe ser la misma cualidad protectora y su aura de sapiencia lo que le hace obtener siempre papeles paternales y lo que lo mantiene rodeado de pequeños saltamontes ávidos de saber y calor humano. Porque si a Trino Rojas le sobra algo es calor. Nunca duda en compartir lo poco que tiene, sea cuentos o un trozo de pan. Suele contar que su mamá le decía que hubiese sido “la putica más pobre del barrio” si hubiese nacido mujer, porque su gran corazón no le dice que no a nadie. Así se ha forjado su propio hangar de hijos adoptivos, almas cálidas y entregadas a la pasión como el propio espíritu que siguen. Así, Trino ignora que no posee seguro médico, una casa o un sueldo digno de su empeño y su trabajo por la cultura de este país y el mundo entero. Porque el amor y las ganas de hacer feliz a la gente son lo que lo llenan de ánimo para levantarse cada día de su cuartucho alquilado y salir bien temprano así no le corresponda dar clases ese día. Porque siempre encontrará a alguien dispuesto a escuchar sus historias, y él siempre, tan generoso, estará dispuesto a contarlas.
(Te quiero, viejo).