Lo pongo entre comillas porque fue un comentario que me dijo un señor de 61 años cuando venía de camino a mi casa montada en los famosos "transbarandas" que se ven ahora en algunas partes de Venezuela, como consecuencia del bajón del transporte público.
El clima que se siente en Valencia no es para nada electoral, es de incertidumbre. No estoy viendo clases porque mis profesores exigen un aumento del salario (como todos los años), así que deciden hacer uno que otro paro de 24 o 48 horas. Celebro estar trabajando y con la mente ocupada así no entro en la crisis de pensar que me quiero ir ya del país y tener calma en que pase lo que tenga que pasar.
Se respira el miedo, de qué pasará después del 20.
Se respira la resignación de que Maduro será el que gane y así seguiremos y ya.
Se respira la esperanza de que gane, pero no dure tres meses.
Confieso que no sé qué clase de aire está en mis pulmones, no he profundizado las cosas, no sé nada del panorama, y tampoco lo quiero saber. Mientras más sepa, más me ahogaré y en estos momentos más que nunca me necesito con vida.
Casi llegando a casa por fin pasó lo que tenía en mente que pasaría algún día: un amigo me vio cuando iba montada en el camión lleno de gente. No sentí vergüenza como han llegado a sentir muchos, esa dignidad la perdí cuando me monté en la primera cava a puertas cerradas y pensé que moriría de claustrofobia, todo por la necesidad de llegar a un sitio. Pero ambos nos vimos con la mirada inequívoca de "¿qué hacemos aquí? No deberíamos estar aquí". Ambos esperando un título para salir corriendo a donde nos lleve la corriente. Su papá, muerto hace poco por la falla de medicamentos en el país, y yo queriendo irme para ayudar desde fuera a los míos porque cada vez que los veo están más delgados... No es querer irse por un capricho o por sueños inmaduros de que afuera todo será más fácil. Es que tenemos 22 años y ya nos pesa la vida. Y no es justo...
Venezuela ha pasado de ser la pera de boxeo del venezolano, a vernos a nosotros con ojos de boxeador. Cada día es un golpe distinto, en un sitio distinto, una herida distinta. Un sentir distinto.
El señor me comenta al arrancar el camión:
— ¡Que bueno que aún quedan jóvenes aquí!
— Porque aún no nos dan el título—respondo.— Todos queremos irnos, esto está muy jodido.
— Y lo que falta.