Una madre estaba encantada con su hijo mayor. Todo eran alabanzas. Todo el día repetía:
Es que este niño es estudioso, limpio, educado, atento con la familia, dispuesto a colaborar... Y cuando había extraños en la casa, siempre decía:
Este hijo mío es el vivo retrato de su padre.
En cambio para el hijo pequeño no quedaban más piropos que el de:
Es un desastre de estudiante, es pelón, caprichoso, flojo, respondon. Y, después de otras retahilas por el estilo, siempre remataba:
No sé a quién habrá salido este hijo mío.
Un día ese hijo tan respondon, harto ya de tanta comparación ofensiva y humillaciones, le dijo, entre rabioso e irónico:
Mamá, estoy tan orgulloso de ti, que me encantaría que al menos alguna vez dijeras que yo soy tu vivo retrato.