Hoy me pasó algo curioso en el mercado, de esas cosas pequeñas que no tienen ninguna importancia práctica, pero que igual se te quedan rondando en la cabeza todo el día. Iba caminando entre los puestos, mirando frutas y verduras casi en automático, cuando de repente mis ojos se quedaron pegados a una bandeja de tomates. No eran tomates raros por el color ni por el tamaño.
Eran tomates normales, rojos, brillantes, bien frescos. Lo extraño estaba en la forma.
Sí, así como lo lees. Un pequeño hundimiento en la parte de abajo, redondito, suave, como si alguien los hubiese presionado apenas con un dedo cuando aún estaban creciendo. Me quedé un rato observándolos, tomé uno, lo giré, lo miré desde distintos ángulos, como si fuera una pieza de museo y no un simple tomate de mercado. Y mientras lo hacía, no pude evitar sonreír.
Me pareció increíble cómo algo tan cotidiano puede sorprenderte cuando te permites mirar con más atención. Porque al final del día, un tomate es solo un tomate… hasta que deja de serlo. Hasta que algo en su forma te hace detenerte, salir del piloto automático y pensar: “oye, qué curioso”.
Mientras los tocaba, pensaba en lo perfectos que creemos que deben ser los alimentos para merecer un lugar en nuestra cocina. Tomates redondos, lisos, sin marcas, sin “defectos”. Y ahí estaban estos tomates con ombligo, recordándome que la naturaleza no sigue moldes industriales. Crece como puede, como quiere, como le da la gana. Y aun así —o tal vez por eso— es hermosa.
Ese pequeño ombligo me hizo pensar en los cuerpos humanos, en cómo todos nacemos con marcas, con pliegues, con señales que cuentan una historia. Nadie es completamente liso ni simétrico, aunque a veces nos esforcemos mucho por aparentarlo.
Estos tomates no estaban tratando de ser “bonitos”. Simplemente eran. Y eso los hacía especiales.
Decidí llevármelos. No porque fueran más baratos ni porque alguien me los recomendara, sino porque me provocaron algo. Me despertaron curiosidad. Me hicieron sentir que estaba comprando una historia, no solo un ingrediente.
Al llegar a casa, los lavé con cuidado, como si fueran frágiles, y los volví a observar antes de guardarlos. Cada uno tenía su propio ombligo, algunos más marcados, otros apenas insinuados. Ninguno igual al otro.
Pensé también en cuántas veces pasamos por alto estas pequeñas rarezas por estar apurados, por ir siempre con una lista en la cabeza, por querer llegar rápido a la siguiente cosa.
El mercado, que suele ser un lugar de rutina, de compras rápidas, se convirtió por unos minutos en un espacio de contemplación. Todo gracias a unos tomates.
No sé todavía qué voy a cocinar con ellos. Tal vez una salsa, tal vez una ensalada sencilla. Pero sé que cuando los corte, cuando los pruebe, voy a recordar ese momento en el que algo tan simple me hizo detenerme. Y eso, para mí, ya vale más que cualquier receta.
Al final, estos tomates con ombligo no me enseñaron nada nuevo sobre cocina, pero sí me recordaron algo importante: que la belleza muchas veces está en lo imperfecto, en lo que se sale de la norma, en lo que no fue diseñado para gustar, sino para existir. Y a veces, eso es más que suficiente.
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