Sabía que ella no me amaba, me había querido un poco al principio pero de eso ya no quedaba nada. Aunque había algo que sí amaba, a su hermanito y haría cualquier cosa por mantenerlo contento en la poca vida que le quedaba, incluso si eso significaba soportarme.
El pequeño Daniel no mostraba mejoras en su estado de salud pero sí se encontraba más feliz y ya no era maltratado por nadie.
A pesar que no me amara, no tenía ningún problema en mantener a ella conmigo, era muy pura y buena, y había estado muy triste por mucho tiempo, necesitaba un respiro y merecía ser feliz.
El trabajo se complicaba cada día más, a cualquier señal de mejora en mis habilidades como enfermero, se me llenaba de responsabilidades adicionales haciendo que cada turno fuese más pesado que el anterior.
La verdad nunca me ha gustado quejarme y la sonrisa de mis pacientes me hacía sentir mejor, pero mi cuerpo no era de acero no podría aguantar tal ritmo de vida por mucho tiempo.
Ese día al llegar a casa mi corazón se estremeció, estaba toda la casa desordenada y había gran cantidad de cosas rotas,
Ella estaba sangrando pero aún respiraba, llamé a una ambulancia y a la policía; mientras llegaban me dedique en buscar a Daniel, pero no estaba por ningún lado, habían pequeñas pisadas que se alejaban del charco de sangre, parecía que se había ido, descalzo y sólo.
Esperé que llegara la policía y a pesar de sus advertencias de dejárselo todo a ellos inmediatamente dejé a ella en el hospital salí a buscar al niño, no era solo un niño perdido, era un niño débil, enfermo y que había visto como lastimaban a su hermana, podía estar herido, podrían pasarle tantas cosas, nada más importaba, debía encontrarlo.