Las luces del crepúsculo me envuelven y tornasolan mi espectral figura.
Sentado en una roca siento golpear las olas contra este pedestal que me sostiene.
No soy un monumento; si lo fuera no estaría sintiendo este dolor que punza en mi cerebro.
No soy un monumento; soy un náufrago que habita en una isla desolada, en la que llora el pájaro agorero y el viento aúlla como lobo hambriento.
Yo sé que hay otro mundo allá, distante, detrás del horizonte.
Yo sé que hay otro mundo donde el dolor se siente compartido.
Antes estuve en él y allí tenía mi casa, mi jardín, mi biblioteca y mis sueños rondaban entre los altos árboles del parque.
Allí tenía la ilusión por bandera flameando suavemente con la brisa y al asomarse el sol un zorzal me cantaba en la ventana.
Cuando me hice a la mar no pensé que mi nave naufragara; la creía invencible, capaz de navegar todos los mares sin sufrir avería. La creía perfecta con su proa triunfante en las tormentas.
Un huracán salvaje, inesperado, la hirió de muerte contra aquel atolón amurallado.
Se hundió rápidamente... No sé cómo el mar me recostó sobre la playa.
Desde entonces habito en esta isla desolada sin esperar que nadie me rescate.
Pasaron tantos años que ya estoy resignado a ser un náufrago.