Allí en aquella funesta y blanca habitación alicatada hasta el techo, la imagen de la más hermosa bella durmiente que esperaba el beso del príncipe para despertar de un horrible sueño terminaba con el deseo ahogado de Eduardo de que aquello no fuera real.
En efecto, Isabel yacía con un corte profundo en la garganta que casi rasgaba de cuajo su hermoso cuello, el color de su rostro era grisáceo, frio, sus labios, aquellos que habían supuesto el roce mas hermoso para los suyos, estaban blancos, con un perfil odiosamente morado a su alrededor y los ojos verde aguamarina que tanto le fascinaban permanecían abiertos, como petrificados en el tiempo, rotos en miles de cristales opacos clavados en un punto inconcreto del techo...
Una sábana blanca cubría su cuerpo. No quiso levantarla para comprobar si alguna parte más de su bella anatomía había sido mancillada por los golpes o cortes del cuchillo asesino del malvado rey de oros.
Eduardo se apoyó en la silla metálica que servia para que los familiares encargados de identificar a sus seres queridos dejaran caer sus cuerpos abatidos. De no hacerlo, el hubiera sido un digno candidato a besar el suelo de aquella habitación.
Carlos le ofreció un vaso de agua que rechazó.
-Ha sido el asesino ese, la ha matado y después la ha tirado a la cuneta de la carretera. Ha huido. Por suerte unos tipos lo han visto todo. La policía de la ciudad está alertada, pronto le cazarán.
Raúl su compañero y amigo trataba de consolarle. El no le escuchaba. No podía hacerlo.
No pasaron un par de minutos cuando sus compañeros le dejaron solo, cerraron la puerta al salir, no sin antes apretarle fuertemente el hombre derecho que era el que estaba mas alejado de la camilla, para que supiera que no estaba solo..
Eduardo se acercó a su niña, su amor perpetuo, renegó por a ver pedido que las fuerzas del mal la castigaran mientras escuchaba el programa de radio. A su mente afloraron miles de historias, que cosas, como pueden aflorar tantas en tan poco espacio.
Allí frente a él, el cuerpo inerte y frió de la protagonista de su cuento, la mujer que durante los ocho años que duró su relación, recibió cada mañana el beso de su príncipe para abrir sus ojos a un nuevo día.
Eduardo se acercó y esperando, esperando si, que como en el cuento su deseo se hiciera realidad, besó aquellos labios con tanto amor que incluso percibió un soplo de calidez.
Se apartó, los ojos verdes aguamarina continuaban clavados en el techo, inmóviles, ni siquiera le miraban a él. Sus labios eternamente bellos no abandonaron su blanca palidez y aquel horrible perfil amoratado.
Cerró los ojos. Se maldijo por haber creído en los cuentos. A partir de ahora solo lo haría en los personajes que cada noche acompañaban su paseo por la ciudad y que salían de las ondas de “Al otro lado”.