Cuando la lógica funciona aun estando “patas arriba”

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Cuando un estudiante se dispone a estudiar alguna carrera y entonces ve que en el plan de estudios que le tocará cubrir, aparece la materia “lógica”, no siempre se alegra; no siempre se entusiasma. Esto ocurre en las carreras asociadas con la matemática. Habría que agregar que cuando un libre lector de la prensa convencional o de las redes sociales, ve un artículo que trata el asunto de la lógica, pues a lo mejor le ocurre lo mismo que a los estudiantes. Y si –por suerte- se anima este lector, a lo mejor lo que más busca sea pulsar su frescura en materia de ordenar correctamente el pensamiento.

Ese carrasposo fenómeno tiene que ver con muchos elementos. Uno de ellos es que normalmente los programas de instrucción, propios de esta asignatura, son hechos por profesores de matemática. Es más, quienes se atreven a escribir en los medios sobre lógica suelen ser profesionales de esta ciencia de números, corchetes y raíces cuadradas. Paradójicamente no vemos que de esta temática se ocupen profesionales como psicólogos, sociólogos, psiquiatras, filósofos del conocimiento-lenguaje (gnoseólogos), pedagogos, en fin…

Pienso que esto constituye algo así como una tragedia educacional y, más allá de esto, una desventura cultural generalizada. Dicen por ahí que “el que tiene destreza con el martillo, todo lo ve como si fuera un clavo”. Y esto tiene mucho de verdad. Los que ven la enseñanza de la lógica (y los articulistas de esta temática) a tenor de esta monovidencia tradicionalmente instalada en la matemática, suelen colocar todos los huevos en la cesta de tres enfoques, y nada más. Estos enfoques son, sin más, las tres leyes genésicas de un específico modelo de pensamiento. Modelo de pensamiento dado por llamar preferentemente, “analítico”. (También lo denominan, formal, aristotélico y de otras maneras).

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Pero bueno es dirigir ahora nuestra atención al recién referido trío de leyes del modelo lógico en cuestión.

La primera ley lógico-analítica es denominada “no-contradicción”. Sostiene que no puede existir una cosa que, a la vez, sea ella misma y su contrario. Tampoco puede haber un razonamiento que al tiempo en el cual se afirme, se niegue. En pocas palabras, se es o no se es. “No se puede estar embarazada, solo de a poquitos; se está embarazada o no se está embarazada”, suele decirse no solo en las salas de parto.

La segunda ley es la de “identidad”. Está harto unida a la anterior. Toda cosa (y toda reflexión) es igual a sí misma. La genialidad popular suele decir, honrando este principio, adagios como estos: “La culebra no pare maripositas”, “Todo flojo llega tarde, y cuando madruga… todavía no es la hora”.

El tercer (y último) principio lógico-analítico es el de “tercer excluido”. Sin ambages sostiene que todo razonamiento que en su desarrollo vulnere las leyes de no-contradicción e identidad, necesariamente conduce a la falsedad, a la invalidez. No hay alternativa adicional. Todo lo que se contradiga y lo que desconozca su propia identidad, es un disparate. Pocos ejemplos resultan más claros que la desgraciada conseja tan comúnmente vista en los dictadores (sea cual sea el signo ideológico que ostentan) y en dizque demócratas en estado de torpeza y desesperación; a saber, “El que no está conmigo, está en mi contra”. Otros adagios que dibujan esta ley lógico-analítica: “Mula con mula, no se llevan”; ”El mal obrero, culpa a las herramientas”.

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No nos cabe duda que esta trilogía de principios resulta hoy por hoy un apoyo de innegable utilidad para lo dado en llamar (en los manuales clásicos del asunto), “el pensamiento correcto”. Ah, pero en esto no se devuelve el viento de la razón. Más allá de este modelo lógico-analítico, hay mucha madeja que cortar. Más allá de esas orientadoras leyes, existe un universo de giros de pensamiento cuya corporeidad es tan irreverente como basta. Dicho más claramente, colocando un tanto “patas arriba” estas leyes lógico-analíticas, se facilita el libre tránsito por un modelo lógico distinto ¡y más agudo, más profundo!

Si a la vetusta ley lógico-analítica de la no-contradicción colocamos la aún más alumbrante ley de la contradicción, nos hallamos entonces con el siguiente planteamiento: En toda cosa (y en todo razonamiento) habitan en permanente estado de confrontación, una fuerza que lucha por mantenerla tal como es, y otra que lucha por voltearla; por invertirla. Esta nueva y contestataria ley de la contradicción, vistas así las cosas, ha de formar parte de un modelo lógico distinto. Un modelo que además de ser relativamente nuevo, es superior, contestatario e irreverente. Siguiendo con el uso didáctico encarnado en la cultura popular, los siguientes dichos son elocuentes en materia de este principio: “No hay cuesta arriba sin cuesta abajo”, “No hay mal que por su bien no venga”.

A partir de las entrañas de la nueva ley de la contradicción, surge la siguiente pesquisa: De la inevitable lucha de contrarios que existe en toda cosa (y en todo razonamiento), se hace asimismo inevitable que haya movimiento; que haya cambio. Que lo viejo quede relativamente atrás y que lo nuevo se imponga (con la huella, claro está, de lo viejo). Trátase del principio del cambio. Hay un adagio de corte criminológico el cual habla por sí mismo… “El que miente roba; el que roba mata”. Otros refranes que dan cuenta del novedoso principio de cambio: “Arroz, pez y pepino crecen en el agua y terminan en el vino”; “Muerto el perro, se acaba el mal de rabia”; “El que olvida su pasado, está condenado a repetirlo”.

Del deficitario principio lógico-analítico del tercer excluido, brota un filón superior. Nosotros pudimos haberlo llamado “tercer incluido”, pero nos habríamos quedado cortos. A través de la oficial tribuna hemerográfica de un instituto adscrito a la UNESCO, hace años planteamos exitosamente (desde Venezuela) la categoría nuevo incluido. Es que si negamos tanto la ley de la no-contradicción como la de identidad, se dan entonces las condiciones conceptuales en virtud de las cuales se pueden crear reflexiones nuevas capaces de tomar el pulso a los novedosos estados de la cosa que se trata. Volvamos al recurso didáctico de los refranes populares… “En la lucha de dos dragones, el único que pierde es el césped”; “De donde menos se piensa, brinca la liebre”; “Éste es el cuchillo que mató al diablo, y lo dejó vivo”.

A las nociones recién referidas de cambio, contradicción y nuevo incluido las hemos denominado: Ontoguiaturas dialécticas. Estas tres solo forman una parte de ésas. En general, a este modelo lógico se le conoce como “dialéctica”. Sus raíces pueden ser buscadas en los griegos mismos. También en el empujón tan notable que en los siglos XIX y XX dieron a ello, filósofos tan prolíferos como Hegel, Marx y Kosík.

Claro… no solo con voltear las débiles leyes analíticas, se llega a la razón superior; tampoco “aplicar” linealmente las ontoguiaturas dialécticas. Es necesario tener la agudeza propia de quien no solo capta cómo es la cosa concretamente, sino cómo se moverá (dialécticamente) en el futuro.

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