Cuantas veces andamos sin ver, cuantas veces andamos sin sentir, solo vamos por todos lados sin caer en cuenta de nuestros pasos, sin querer hacernos cargo de nuestras pretensiones.
Es así que comenzó la larga ruta de las mil noches y de tantos días desfalleciendo en el eterno silencio de la inmadurez.
Tentado por la calidez, guiado por las alargadas sombras que me llevan hacia lo desconocido decidí avanzar por el camino en busca de una ilusión. Doblegado por el peso del brillo incandescente, con los ojos tornados hacia abajo, arrastrándome taciturno por la interminable extensión alisada por el viento formando pequeñas olas sobre la suave superficie, miro hacia adelante de vez en cuando con la esperanza de divisar algo conocido que me devuelva a la realidad soñada.
Por primera vez, solo puedo divisar en el lejano horizonte las delicadas curvas torneadas poco a poco por el constante trabajo del tiempo, creando formas sensuales y sublimes en lo agreste de lo indómito.
Sigo dejándome llevar sin un rumbo acariciando con mi andar el camino, pero el camino está frente a mí, está detrás, está en todos lados, solo yo puedo determinar hacia donde marchar.
Una presencia se acerca tocándome el rostro, cierro los ojos y extiendo mis manos para aferrarme a su inocua existencia que por más que lo intente nunca lo puedo atrapar, solo queda un puño apretado contra la nada y mis ansias superadas hasta el límite.
En una danza multicolor la luz se hace más y más tenue, la penumbra comienza a ganar terreno y como si cayeran mis párpados todo se envuelve en un misterioso oscurecer.
Paso a paso me dirijo hacia la inmensidad sin saber que hay más allá pero algo me obliga a continuar sin vacilación.
Las curvas se extienden infinitamente hacia un abismal precipicio, pero soy preso de la curiosidad y me obsesiona la premonición del porvenir.
Estuve perdido por un momento caminando de una duna a otra sin saber qué hacer, de ida y vuelta por el mismo lugar, bordeando abismo que avisaba no tener final y de nuevo otra vez como un autómata hacia las dunas.
Por causa de una sorpresiva ráfaga debí girar mi rostro, para mi sorpresa allí estaba, era como si una bofetada me hubiera indicado lo que muchas veces había pasado por alto, era eso lo que buscaba, había estado a mi lado todo el tiempo, una apasionante euforia estremeció todo mi endeble cuerpo dándome una nueva energía, una nueva oportunidad, parecía nacer de vuelta.
Sin temor y sin reservas me dirigí a una hermosa joya que brillaba hundida en un oscuro valle, la garganta anudada, mis miembros cansados, el temblor en mis ojos de momento desaparecieron, era el punto justo de mi búsqueda y me sumergí de inmediato a la más intensa emoción.
Me lance hacia aquel eterno oasis de los sentimientos y de la carne, de la pasión y del amor, me arrodillé maravillado ante el borde de un delicado manantial de rosadas aguas y bebí desmesuradamente de él hasta la saciedad. Dejé que corrieran sobre mi todos los fluidos con un disfrute indescriptible bañándome por completo y dejándome envolver por el intenso aroma que emanaba de todos lados y que embriagaba mis sentidos hasta hacerme alucinar.
Nuevas sensaciones llenaban mi mente y me hundían más en el profundo influjo que me embargaba, penetré hasta las profundidades de sus misteriosas formas y me mantuve abrazado a la seguridad de sus tibias laderas, acariciando con mis manos la indescriptible materia de sus riveras que eran bordeadas de perfumados montes.
Una y otra vez me repetí en el vuelco infinito del tiempo perdido, una y otra vez fui presa de mis instintos sin pensar en el efecto posterior de mis actos, disfrutando hasta el máximo y llevando mi cuerpo hasta el límite de lo posible.
Exhausto pero satisfecho quedé totalmente impregnado de aquel exótico lugar rodeado de tanta planicie, de aquel lugar sagrado entre tanta simpleza, fue así que me sentí sin peso desplazado por la felicidad momentánea que para mí existía en un universo paralelo detenido en el limbo de las sensaciones.
Poco a poco recuperando fuerzas, resguardado por el paraíso en que me encontraba decidí levantarme y continuar mi camino, ya ciego, ya sordo y hasta mudo quedé después de lo vivido.
No existen palabras que describan lo que por mis venas corría en ese justo momento y que ahora estaba a punto de abandonar.
Era la primera vez que vacilaba entre dejar todo aquello para buscar nuevos oasis o quedarme para siempre prisionero de toda esa exuberancia, pero debía continuar para comprender todo esto.
Debía entender de que era solo eso, que no era mi lugar, estaba seguro de que tal vez no encontraría otro así, quizá solo hallaría vació y soledad, tal vez solo encontraría la aridez sin fin, igual, había que seguir.
Así que me puse en pie, me calcé de nuevo el terrible disfraz de la piel y dejé aquel lugar dejando parte de mí en el hermoso oasis como ya otros tantos habían hecho lo mismo, como ya otros habían aprendido también lo que significaba, ahora...