Su cuerpo descansaba junto al mío, su brazo sobre la sabana tocaba mi hombro, su pecho sobre mi costillar y su exhalación se sentía en mi pecho; mi felicidad no cabía en mi sonrisa y salió corriendo por la habitación, mi brazo tuvo un reflejo inconsciente de abrazarla y apretujarla contra mi cuerpo.
Ella comenzó a mover su pierna encima de la mía, nuestra respiración que se había hecho una, se tranquilizó y deslicé mis dedos por su cuello hasta la parte baja de su oreja. Su cabello revuelto pero terso me agarró los dedos y los metí más para sacarlos como una leve caricia.
Ella volteó la cabeza y me miró fresca de emociones y me dijo lo que me quería, yo no me sentí más extasiado en mi vida, escuché su voz hablar y hablar, para nunca olvidar ese susurró tan sano que me hacía vivir mejor.
Su mirada bajó a mi pecho y subió un dedo por él; hasta llegar a mi cuello para encontrar mi mentón y subir delicadamente con su palma a mi rostro. Se incorporó para besarme; sostuve la respiración hasta no aguantar más.
Eran ya las 9 y no nos queríamos separar, éramos como plastilina, sin forma, sin distinción alguna para hacer una separación, pero la vida nos llegó para destilarnos y fundir de nuevo dos seres distintos.
Ella se levantó para abrir la cortina y yo boquiabierto para agradecer a Dios por tan bello ángel postrado a la ventana. La miré con una calidez que ella se sonrojó, me miró con esos ojos cafés y me mandó un beso de esos pétalos que tiene por labios.
Desayunando me sorprendió nuestra simpleza, el almuerzo estaba simplemente magnifico, el azúcar era más dulce, el agua más fresca, el pan más suave y todo era más que antes ese día.
Su silencio me incomodaba pero su cuerpo no callaba, su mano me hablaba, su cuello me gritaba y su piel me escuchaba.
Compré una caja de cigarrillos para tirarla; no podía arriesgarme a un cáncer, menos ahora que la vida era tan bella, para que meterse en el carril de alta velocidad si el tiempo se detenía a cada rato. Para que enojarme con la gente si todo era tan alegre.
Comprendí que la vida pasaba lenta y después se aceleraba para torturarme o para hacerme apreciar esos momentos tan raros.
Era como un sol; todo giraba alrededor de esa felicidad, las noches pasaban y yo seguía siendo poseído por el placer y la paz.
Suspiros de amor soltaba cuando le decía cosas cursis y me engrandecía con sus muestras de gratitud. Compramos un millón de cuadros para el millón de fotos que teníamos, sacamos la felicidad por las ventanas, porque ya no cabía ni por debajo de la cama.
Cada día salía a regalar un poco para poder regresar a cargarme un bulto de placer mezclado con sueños y amor.