Llegó a descubrirla cuando su corazón solo latía por el instinto de supervivencia .Tal vez no fue casual su encuentro, sabía que en algún momento alguien tocaría la puerta de sus emociones.
Era una mujer de apariencia común pero sus ojos delataban los tesoros que guardaba dentro de sí. Fueron suficiente las primeras palabras de saludo para que él quedará extasiado por sus encantos.
Un día tras otro se hicieron meses, tiempo en que el afortunado aguardaba con espléndido placer el encuentro con la razón de su alegría. Se hicieron confidentes, él le regalaba pequeños detalles que los entusiasmaban, y ella los recibía dichosa reciprocándole con su inigualable sonrisa.
Creció tanto ese amor dentro de su cuerpo que ya no podía ocultarlo, pero temía revelarlo para no perderla ante un posible exabrupto, una indelicadeza, o quizás una torpeza de su exaltado espíritu.
Ante la mezcla de dicha y desesperación no pudo retener más en su pecho la idea que lo agonizaba, y sin que ni el mismo se lo propusiera, en medio de un nudo de saliva en su garganta que le impedía casi hablar, le susurró su amor para que solo su alma lo escuchara.
Se hizo un largo silencio en que los ojos extrañados de aquella mujer se dilataron en una interrogante para finalmente anunciar su negación a la propuesta bajo el fundamento de un equívoco. Ella lo quería como amigo pero no lo amaba.
Se apagaron todas las luces que iluminaban en él la esperanza. No sabía qué hacer ni qué decir. Sin poder esbozar una frase de disculpa por tanta osadía, volvió sobre sus pasos sin mirarle a la cara y caminó sin rumbo fijo hasta que el cansancio venció a sus desgarrados sentimientos.
Le costó tiempo comprender las lecciones de la vida, le ha costado sacrificios renunciar a ese amor no correspondido y sanar las heridas para continuar viviendo sin dejar de quererla.