Él tenía pocos recursos y pocos atributos para compararse ni de lejos con aquellos muchachos de gimnasio. No tenía su estatura y su cuerpo era de lo más normal. Sus atributos se medían con otros criterios.
En el fondo, poseía las mismas y primarias inquietudes que la gente de aquella fiesta pero su lascivia tenía elegancia, otra sensualidad.
Los distanciaba un abismo de planteamientos.
Abordó a una joven que se le insinuaba con cierta elegancia lasciva y lo abordó en el entreacto de una caída de ojos.
-¿Sabes que es lo que más me gusta de una mujer?
-Los ojos, -contestó ella victoriosa y triunfante.
-Frío, frío -afirmó el caballero- no lo imaginarías nunca.
-¿Los pechos?, -volvió a insistir un poco desconcertada a la hora de descifrar aquella especie de adivinanza.
-Los tobillos, me encantan los tobillos.
Ella comenzó a reír
-¿Por qué?
-Sí, sí, me encantan los tobillos, con dos hoyuelos pronunciados a cada lado. Me fascina contemplarlos, morderlos, tomar el néctar que emanan.
-¡Qué atrocidad! ¿Por qué?
-Hay cosas peores que practican los hombres, como por ejemplo, la zoofilia. Esto es simplemente amor, un acto de amor.
Mientras hablaba iba quitándole el zapato del pie izquierdo y, emulando a los actores de las películas de los años del glamour americano, lo llenó con 3 dedos de champagne y se lo bebió.
Lentamente, le fue quitando el otro y acariciándole los tobillos.
Insinuaban un hoyuelo suave y amable, como la piel de un melocotón, notaba como se estremecía al contacto de sus dedos. El silencio estaba lleno de murmullos y de aromas.
Cuando el caballero quiso besar a la mujer, sus brazos se agitaron en el lecho vacío y se despertó en medio de los truenos y relámpagos de la noche.
El ansia de aquel sueño fue tan poderosa que acabó por salirse del subconsciente.
Con la frente perlada de sudor, cerró los ojos para restablecer su sueño lascivo y maravilloso.