Juancito Piedra era un niño que había nacido con más estrellas de las que él se hubiese imaginado tener, su segundo nombre era Pedro, pero se había hecho tan fuerte que muchos lo confundían con dureza, de allí lo de decirle Juancito Piedra
¡Si!, ¡si! se que antepone un diminutivo en su nombre, pero eso lo habían conservado quienes lo conocían por la corta edad que él tenía.
Juancito Piedra no se esforzaba por caer bien, ni siquiera por formar parte de algo, en su interior sabía que su viaje sería en solitario y esas eran las razones que lo hacían tan ensimismado, tan dentro de sí.
Cuando tuvo algo de edad decidió emprender el camino, sin tener claro a dónde debía ir, sólo estaba seguro que debía empezar su travesía.
En una de sus travesías conoció a una familia muy particular, de aquellas que se apegan a conservar la tradición de un buen té a la hora indicada, de todo el ritual que engloba esa costumbre de sentarse con toda la calma que haga falta y respirar el tibio aroma de las especies que años tras años habían estado presente en las cocinas de aquella familia.
─ ¡Siéntese por favor!, a que se debe su grata visita, le dijeron
─ Sólo estoy de pasada, seguiré pronto mi viaje, le respondió él
─ ¿Algún destino en particular?, le volvieron a preguntar
─ Ninguno hasta ahora, me quedaré donde me sienta mejor, respondió Juancito Piedra.
Los dueños de aquella casita, aquellos que compartían un té con él se miraron y sonrieron con una expresión que sólo ellos supieron lo que se decían con las miradas. Juancito Piedra agradeció el gesto del té y siguió su recorrido.
El sonido de los bambú que cantaban con la brisa hicieron sentir feliz a Juancito Piedra, quien sintió en su pecho un sentido de libertad que jamás había sentido...fue un día hermoso para él
Juancito Piedra se sentía como un explorador de un basto mundo que era habitado por ideas, por costumbres, por creencias, pero ninguna las hacía suya, porque al fin de cuentas él se seguía sintiendo un viajero solitario en busca de su lugar.
Aunque nunca había pensado en echar raíces, Juancito Piedra empezó a extrañar a los suyos, quien diría que el día llegaría en que entendiera que aunque él no lo notara su creación se debía a la unión de dos personas con las que él no se identificaba.
Entendió que aunque él se sintiera diferente no significaba que no era parte de algo, porque de hecho siempre tendría a alguien esperando por él y deseándole que fuera próspero y feliz así esto implicara emprender un largo viaje sin fin.
Recordó las palabras de su padre "siempre necesitaremos de alguien" y las palabras de su madre "hoy te formamos para que tu hagas lo mismo por otros"
En su mente siempre llevaba la imagen clavada de los suyos, inclusive vio sus rostros en tantos otros y volvió a agradecer por la familia que se le había otorgado. Esta vez su camino se hacía más largo porque deseaba llegar pronto a su destino, la idea de estar con su familia le sacaba sonrisas que sólo los pájaros y las flores del camino pudieron ver.
Al llegar a casa, vió lágrimas en los rostros de aquellos dos que le habían dado vida y que desearon lo mejor para él. Los abrazó a su manera, y cuando ya todo estaba en calma nuevamente, los miró y les dijo:
Después de tantos viajes, he comprendido que el camino soy yo.