Lloran los océanos y los mares de alegría, sí, de mucha alegría por tu grato retorno... retorno que yo no esperaba y me dejó sorprendido.
El cielo se había quedado húmedo por tanta lágrima derramada, no fue un castigo fue una trágica decisión pensar que tú aceptarías una despedida y acabaras con este amor.
Valió la pena recibirte de nuevo en mi ancho costado herido de muerte, es que yo no oía ni tu llanto ni tus quejas, solo en tu mirada sombría y triste pude descubrir el dolor que por días a ambos nos afligía, dejándonos el alma vacía.
Desconsolada estabas igual que yo, solo que yo no miraba que se habían perdido nuestras sanas alegrías y ese palpitar que nos acurrucaba el corazón.
Lo mismo acontecía con las tibias caricias, que frías se habían tornado y nuestras dulces sonrisas habían desaparecido de nuestros rostros serenos, que ahora eran como un cielo antes de la tormenta.
Fue una triste historia que como muchas no se logró escribir en nuestras vidas, pero la poesía ha recogido esas mismas historias en tantas canciones recitadas por poetas y trovadores en austeras tardes y gélidas noches impregnadas de licor.
Que no regrese la tristeza, junto a la húmeda y fría noche de verano, que desaparezca y pierda el camino.
Sé que pasamos días eternos y sombríos, también noches infinitas pensando en el otro y al levantarnos en las mañana sentíamos que nuestros almas se fragmentaban cada día más, y se hacían añicos martirizados por la costumbre.
Es que no sabíamos que el amor se había prendido tanto en nuestras almas, que la soledad quería entronizarse en nuestros quemados corazones.
Sin saber que el destino conspiraría para que tú de nuevo, sin ninguna duda, estuvieses sobornando a esta infame soledad.