El filosofar es semejante al apetito que uno se siente por ciertos alimentos o una determinada corriente filosófica.
Tal vez alguno se sienta atraído especialmente por algún autor o filósofo, pero no puede dejar de probar otros alimentos o hacer un recorrido general por la historia de la filosofía.
Pienso que ahí está el secreto de poder captar la verdadera esencia de la enseñanza de la filosofía. Esto es lo que provoca suspenso, no saber lo que va a suceder a continuación, y tratará de mantener el activo el deseo de continuar, a donde tenga que llegar.
Un deseo que ha sido suscitado por un estímulo previo. Como se dice en las introducciones a la historia de la filosofía: “todo comienza con el asombro”, la admiración; la duda debe despertar asombro en nosotros previamente, para sentirnos ansiosos de conocer el desenlace de los acontecimientos, o bien, lo que ignoramos; y así, poder distinguir lo crudo y lo cocido.
Hay que descubrir en nosotros qué es lo que nos gusta y qué nos desagrada. Filosofar es saborear lo que tiene en común un filósofo de la antigüedad y nosotros.
Como dice Nietzsche, uno debe desprenderse de los desperdicios o de aquello que no nos alimenta de verdad, pues, hay demasiada prosa que sólo engorda…
Es como penetrar en un baúl donde lo más certero es la convicción que no todo será lo que pensamos y que sin embargo será lo que imaginamos encontrar, la contrariedad de estar equivocados teniendo la razón.