Cierto día salía del trabajo, cuando me encontré del otro lado de la calle a dos mujeres jóvenes, una de ellas me llamó, muy sonriente.
-Hola -me dijo.
-Hola -respondí.
-¿Cómo te llamas?
-Soy Augusto, para servirte.
-Encantada, yo soy Alejandra.
-Y bien, ¿en qué te puedo ayudar?
-Por favor, necesito tu número telefónico. Es que necesito que me vayas a cambiar el regulador de mi tanque de gas...
-Alejandra, pero eso lo podemos hacer nosotras, o tu hermano -objetó la otra joven.
-¡Cállate! -le contestó Alejandra, dándole un ligero codazo.
Sorprendido, opté por darle el número de la empresa para la cual trabajaba.
-Aquí lo tienes.
-Gracias -me dijo Alejandra con una sonrisa coqueta, y siguieron su camino. Pude ver, al voltear, que ella volteaba cada rato a mirarme, y cuando percibía que yo hacía lo mismo, solo me miraba de reojo.
Al día siguiente en la tarde, al salir de mi trabajo, encontré a Alejandra muy molesta, esperándome del otro lado de la calle.
-¡Oye qué te pasa! -me dijo- ¿Por qué me diste el número de la empresa, y no tu número personal?
-Alejandra, me pediste un servicio de cambio de regulador, para tal servicio necesitas llamar a la empresa, para que ella me envíe a tu domicilio.
Sonrió, me dio la espalda y se fue. Yo seguí mi camino, pensando que a la joven le había fallado la estrategia de cenar gratis, al menos conmigo.
Y bien, si la situación económica está difícil, siendo la pandemia una de sus causas, necesito ser austero conmigo mismo, al tratar de evitar visitar los lugares de comida rapida ¿por qué habría de cancelar mi austeridad, cuando de mujeres se trata?