Me gustaría despertarte con el desayuno en la cama, pero a sabiendas que eso no será posible de momento, me voy a conformar con escribirte estas líneas para que puedas leer apenas te despiertes.
Resulta que bajó la temperatura, que por la ventanita del baño susurra una brisa fresca y que me desperté, hace un buen rato ya, convencido que te estaba abrazando.
A tal punto fue la sensación física que estabas a mi lado que, durante una fracción de segundo, tuve la leve sospecha que estabas en el baño. No, pero sí.
No: en efecto, no estabas y eso que te busqué con dedicación; sí: estás todo el tiempo en mi cabeza, y vaya si no es una excelente e incomparable forma de “estar”.
Ignoro desde qué día pasaste a ocupar, prácticamente, todo mi día.
Incluso hasta cuando intento distraerme, pongamos que mirando una serie, ahí te atraviesas, para volverte, por un momento, una de las protagonistas y ya me resulta imposible seguir la trama.
Ya ves, así han sido todos estos días, de esa manera, tu omnipresente, tu en todos lados, en cada pensamiento, en cada añoranza, en esta ansiedad que calmo como puedo y en esta felicidad inmensa que es esperarte, saber que estás tan cerca.
Saber, en suma, que aunque todavía no estás viniendo hace rato que lo estás haciendo.
Así que amor, abre los ojos, acá tienes el desayuno y un beso.