El desván es un espacio para sentarse a leer mis historias, poemas, reflexiones y otras manifestaciones literarias, donde la realidad y la ficción se entrelazan dándole a la vida esa magia de lo indecible. Un lugar para soñar, reír, llorar, transportarnos a mundos, cercanos y lejanos, embarcados en la nave más rápida que se haya inventado: la imaginación.
Perdonar, olvidar
Un extraño ruido perturba su siesta.
Se levanta ágilmente con el rifle preparado para disparar.
Pero no hay nadie a sus alrededor.
Ya es de noche.
La luna y las estrellas brillan con todo su esplendor.
Identifica el ruido.
Un helicóptero.
Este se aleja a los pocos minutos.
Siente hambre y decide descender.
El trayecto es tortuoso pero gracias a la claridad de la noche puede hacerlo con pocos inconvenientes.
Bordea el río hasta llegar a la cabaña que divisó desde la montaña.
Una débil lámpara de queroseno ilumina su interior pero no se oyen ruidos.
Empuja la puerta delantera y esta cede.
Con el rifle preparado se introduce en la estancia.
Revisa el dormitorio y toda la casa con igual resultado.
No hay duda que está vacía.
De pronto una voz le hace volverse con el dedo en el gatillo.
-¿Qué busca?
Con el débil reflejo de la lámpara puede distinguir una figura parada en el marco de la puerta delantera.
Casi dispara pero nota que el desconocido no posee armas.
Eso le tranquiliza.
Avanza algunos pasos y puede verlo claramente.
Es un viejo de unos sesenta años, de contextura delgada, viste una camisa a cuadros y un pantalón color kaki, tiene en la cabeza un sombrero de paja y en los pies unas alpargatas, al caminar lo hace encorvadamente.
-Contra un viejo como yo no va a necesitar esa arma.
Baja el rifle.
El hombre se le acerca y de nuevo pregunta.
-¿Qué busca?
No sabe cómo contestarle pero se resuelve.
-Acabo de bajar por las montañas, pensé que usted podría darme algo de comer.
-¿Para eso necesita un rifle?
-No, pero nunca se sabe con qué clase de gente uno se va a encontrar.
-Está bien muchacho, te daré un bocado.
Lo sigue hasta la cocina.
Allí se sienta mientras el viejo toma algunos pescados y los fríe.
-¿Cómo te llamas?
-Carlos.
-Suerte que llegaste aquí, un desconocido a esta hora no inspira confianza.
-Me quedé dormido y desperté no hace mucho.
Una sensación de alivio entra dentro de sí.
Puede hablar con el viejo sin necesidad de estar vigilando constantemente.
Devora glotonamente la comida.
Sigue conversando.
-¿Dónde estaba usted cuando llegué?
-En la casa de mi hija, por allí abajo.
-¿Conoce usted a Pedro?
-¿Por qué lo pregunta?
-Un amigo me pidió que si necesitaba ayuda lo buscara.
-¿Cómo se llama su amigo?
-Ignacio Vegas.
El viejo cambia la expresión, se alegra repentinamente.
-De manera que te envía ese viejo bribón.
-Sí señor, ¿Lo conoce usted?
-Claro, yo soy ese Pedro que él te mencionó.
La alegría ahora se le contagia a Carlos.
Al cabo de unas horas decide que es tiempo de marcharse.
-Debo irme ya.
-¿A estas horas?
-Sí.
-¿Hacia dónde te diriges?
-De vuelta a Ricky.
-Pero eso está muy lejos y no tienes en que transportarte.
-Lo sé, pero debo estar allá esta noche.
El viejo lo escruta.
-Contésteme una cosa joven, pero sea sincero. ¿Huye usted de algo?
No puede mentirle.
-Sí.
-Lo supuse por esa prisa en marcharse y la forma como llegó. ¿De quién?
-Sería difícil de explicárselo.
El viejo queda conforme con la evasiva.
-Es malo ser perseguido como los animales pero la vida es así, te ayudaré a llegar allá.
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