Vendo mis recuerdos

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Ese día yo estaba sacando copia de unos documentos, la idea era renovar el pasaporte, navegar sobre las lágrimas y buscar una salida lejos de todo lo que amo.

El sol del trópico tenía las espuelas más afiladas que nunca, pero la brisa salía en nuestro auxilio, galopando desde el mar hasta nuestra rostro.

No había dado más de tres pasos cuando me llamó la atención un pequeño letrero, escrito en marcador negro, sobre una hoja tamaño oficio:

"Vendo mis recuerdos".

En la entrada del zaguán de una de esas casas coloniales de Cumaná, estaba sentada una bella mujer cercana a los setenta años.

La antigua mecedora dejaba caer su vaporoso traje blanco, El brillo de sus ojos, lo tierno de su sonrisa, la amabilidad del tiempo con su piel, cantaba la historia de Troya ardiendo bajo el influjo del amor.

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-Pasé -me dijo poniéndose de pie -Es posible que encuentre algo que le guste.

Una alfombra persa, dos lámparas araña cristal de roca, un samovar, una tetera de plata, juego de cubiertos con incrustaciones de oro y plata, un juego de naipes, 4 castañuelas, un traje de novia intacto, como si nunca hubiese sido usado, una colección completa de Agatha Christie, un baúl de ébano con tallas en punta de diamante, una vajilla completa de porcelana China, un traje de flamenco, y un abanico.

-Señora, qué cosas tan hermosa -le dije.

Se ve que son muy costosas, lástima que yo no tenga dinero para comprarlas.

-¿No desea tomarse un café? -me dijo.

No esperó mi respuesta, me trajo el café en una taza resplandeciente, posada con mágico equilibrio sobre un platillo de porcelana milenaria.

-Pero hay cosas pequeñas, económicas, como este abanico -me dijo abriéndolo frente a su rostro.

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-¿Por qué está vendiendo todas estas cosas? -le pregunté -¡Son tan bellas, de un valor incalculable!

Hizo un breve silencio, fue hasta una cómoda, trajo un álbum de fotografías y lo abrió sobre una mesa de centro.

Señalando con la mano me dijo:

-Todos se han ido.

Algunos para siempre, y otros con la promesa de volver.

Joaquín se fue a España a tratar de dar su última lucha después de viejo; nosotros nacimos allá, pero ya somos de aquí.

No le ha ido muy bien, ¿sabe?.

Él no se imagina que estoy vendiendo nuestras cosas, pero es la única manera de reunir el dinero para que se venga.

Cómpreme al menos este abanicos, ¿si?

Salí de la casa con el abanico guardado en el corazón, entré a mi vehículo, lancé los documentos en el asiento de atrás, rumbo a mi casa, desesperado, como si tuviera miedo de no encontrarla al llegar.

***


Nota: Las fotos son propias.

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