A nosotros se nos ocurrió vender chupetas de coco en la casa, de ese modo podríamos adquirir algo de efectivo.
-Señor, ¿de qué son las chupetas? -gritan desde la reja del porche.
-De maní y de coco -respondo despegándome del celular.
Nosotros nos quedamos con el efectivo, y los niños se van corriendo felices con sus chupetas.
Yo soy nuevo por aquí y conozco poca gente, es una calle larga, con casas a cada lado, chupeta a chupeta he ido conociendo los rostros de los niños.
Comencé a averiguar quién era, y me enteré de que prácticamente era una niña de la calle, que vivía con una persona mayor, pero que pasaba todo el día de casa en casa, que comía lo que le dieran, y trabajaba haciendo mandados, o lo que le mandaran a hacer.
Cada vez que venía a comprar yo le sacaba conversación, me sorprendía su firmeza al hablar, su mirada, su gesto, era como una mujer en miniatura.
Cada palabra de ella me rompía el corazón a pedacitos, en momentos recordaba la infancia de Edith Piaf; en otros, recordaba lo afortunado que fui de tener un padre y una madre humildes, pero que eran capaces de hacer cualquier cosa por mí, podía sentir el peso de todo el amor que recibí.
La veía desvalida, descuidada y con ropitas viejas,pero con una fortaleza y una sonrisa que se me ocurría podrían protegerla.
Un día me llamó desde el porche, dejé de escribir y fui a atenderla:
Señor -me dijo -sonreída, pero al mismo tiempo con un tono muy serio, -¿usted no me podría fiar una chupeta?, en cuanto yo tenga, se la pago.
Fui por la chupeta y se la di, sin mirarla, era demasiado para mí.
Luego tomé fuerzas y le dije que si podía tomarle una foto y aceptó.
Se fue caminando, feliz y sintiendo como el dulce recuperaba un poco su energía.
La vi marcharse, agarrado de la reja, pensando en qué tendrá el destino dispuesto para ella.
...
Las fotos son propias